Parece el 2019 un buen año para que los veteranos se reivindiquen. Entra dentro del lote Bill Callahan, un tipo extraño cuya música -por el tratamiento tan árido de textos y sonidos- siempre ha estado en el límite de lo místico y lo marginal, y que ahora, con el extenso “Shepherd In A Sheepskin Vest” (Drag City 2019) albergando veinte canciones, se ha avenido a mostrar su cara más condescendiente.
No ha de temer el fan de toda la vida. Aún intentando un disco feliz, se expresa como si ello fuera un crimen siempre escudado tras su solemnidad patibularia. Casado y con prole, intenta mostrar las bondades de su status de un modo muy personal. Death is beautiful, expresa en “Circles” con una tristeza invernal dulce entre acústicas de medianoche y bajos con ecos de folk jazz tipo John Martyn en 1972. Un misticismo casi religioso, rugoso cual roble viejo, muy de disfrutar en la madrugada: sí, escuchando “Black Dog On The Beach” y “Angela”, podría jurar que se trata del mejor Kurt Wagner de los 90.
Parte del éxito de la ambientación lo consigue arrimándose al folk y al country. “Young Icarus” tiene tramos similares a alguno de “Blood On The Tracks” de Dylan. Pero donde vence es en la sedación de “Watch Me Get Married”, en el guiño a Willie Nelson de “What Comes After Certainty” -I don´t believe in fate, I believe in destiny- o en la versión brutal de “Lonesome Valley” de Carter Family. Canciones todas con la moraleja de un personal Bill -también “747”, con la que muchos viajeros frecuentes se identificarán: cuando se está allá arriba, los pensamientos sobre vida, muerte y futilidad se agigantan- capaz de abordar temas de la vida hogareña -the house is full of life, suelta en “Son Of The Sea”- o de la regla de la mujer.
Resumiendo, creo que es el mejor álbum de un tipo extraño. Tan extraño como tú o como yo. Luminoso y paradójicamente nocturno a la vez. Cuando la noche es tuya. Cuando todo, porque queda lejos, va bien.