Hasta hace unos meses, pensaba que Andrew Bird no conseguiría recuperar las cotas alcanzadas por “Weather Systems” (2003) y sobre todo “The Mysterious Production Of Eggs” (2005), y menos aún acercándome al nuevo, “My Finest Work Yet” (Loma Vista 2019) con el recelo obvio: nadie en su sano juicio se atreve a titular así un álbum. A menos que tire de ironía. O esté plena e irreversiblemente convencido de que es cierto.
Me quedo con las ganas de saber si ha sido debido a la primera razón, a la segunda, o a ambas. Solo sé que para mí sí es su mejor (o casi mejor) grabación. Muy centrado en fabricar melodías fabulosas y combinarlas con sus virtudes instrumentales -esa voz melosa, el violín reconfortante, y sus silbidos que esta vez sí conducen: escúchese el arranque de “Sisyphus”, el final de “Manifest” o el caracoleo de “Don The Struggle”-, arropado por músicos peculiares -el guitarrista Blake Mills no tira de formalismos, ni la producción de Paul Butler de The Bees-, sigue tan apasionado, vigoroso y fresco como hace quince años, solo que ahora más certero. La ambientación de “Bloodless” es genial, con el guiño oportuno al catalanismo republicano (I know it´s hard to be an optimist…it´s an uncivil war…bloodless for now). El final sublime de “Cracking Codes” es durante unos instantes uno de los pasajes más bellos de su discografía, hasta que la entrada de “Archipelago” lo supera. Y, entre ambos, el trote tibio de “Fallorun”.
Todo un sorpresón caer rendido a la magia -¿realismo mágico?- de un disco de Andrew Bird a estas alturas. By any means necessary.