Veer reeditado “Así Duele Un Verano” (Acuarela 1998) de Migala y escucharlo veinte años después, más allá del bienvenido remasterizado de Juan Hidalgo, supone una inyección de sensibilidad que surca los meandros del tiempo real y los de nuestra cada vez más destartalada memoria. Pocos discos encontraremos en la historia musical española que dejaron semejante poso de emociones en su radio de acción, y que perduran en los recuerdos de todo un colectivo.
Aunque su híbrido cuele como inclasificable, sigue algunos patrones musicales indies de aquellos días. El post rock de Mogwai de refilón, o el slowcore dulce de Low. Pero sobre todo se nutre de las infinitas posibilidades sensoriales de la combinación entre música sedada y madrugada bajo la batuta de una voz grave. Lo que esbozaban Tindersticks pero exploraban en libertada noctámbula Lambchop. Su gran secreto no obstante radica también en la combinación de una portada muy elocuente -esa tristeza, entre afrancesada y mediterránea, subyacente en la trama instrumental de temas como “Guetaria” y “Akita”- con sonidos -electrónicos o de campo- que crean un marco de nostalgia -¿marítima?¿otoñal?- pellizcando la sensibilidad de quien escucha. Preciosas todas, desde una lánguida y evocadora “The Whale” o una “Low Of Defenses” de bellísima factura, hasta la quietud terminal de “Ancient Glaciar Tongues”. Lástima que no cuidasen más la utilización del inglés (más bien piltrafilla desde la pronunciación de `chaos´ hasta giros como `widow of 25 springs´), pues el resto de mimbres del disco podrían fácilmente haberlo aupado a un status internacional legendario.
Y no solo por la música (o por la celebración de 20 años de existencia) es necesario volver a escucharlo. “Así Duele Un Verano” y buena parte de la obra de Migala reivindican una manera de entenderla. Cuando los valores sociales emergentes aún no eran totalmente egoístas como en la actualidad. Todo está en la combinación de sonidos, texturas y sentimientos reflejando una generación que -como quizás todas las que se precien- aborrecía su presente, pero que supo encontrarle un lado bello. Cuando sacarle rédito poético a la soledad no sonaba cursi. Nunca sentirse perdido resultó tan excitante.