Que una chica de Atlanta llamada Faye Webster titule un álbum “Atlanta Millionaires Club” (Secretly Canadian 2019) empieza a tener sentido cuando afloran las influencias musicales. Una conjunción muy natural de los elementos cruzados de la tierra: country y soul. Es tan natural y tan armónica que a uno, como en el caso de Natalie Prass, le cuesta distinguir donde empieza uno y acaba el otro.
El susurro de ella le viene muy bien a las slides lloronas. Pero por debajo se revelan arreglos negros en los vientos cadenciosos (“Kingston”) o en el diseño de baladas profundas (“Hurts Me Too”). Es algo más perezosa que Natalie (“Pigeon”) e igual le hubiese venido mejor una producción de la gente de Matthew E. White y Spacebomb, pero así ya está más que bien, pues fluye un muy disimulado halo alternativo en la obsesión de la narrativa (“Room Temperature”), en el hecho de finalizar las dos caras del vinilo con variaciones de la misma pieza (esa “Jonny” de ensueño), o en ensayar un tema de R&B junto al artista de hip hop Father (“Flowers”).
Pese a ser una artista que empezó muy joven en 2013 a los16 años con folk, su evolución empieza a ser relevante.