¿Ocho años ya y aún seguimos en ascuas con Lana Del Rey? ¿Icono pop o fake? ¿Compositora o chica avispada? Pese a irse desnudando emocionalmente con el paso de los discos y los años, consigue mantener ciertos interrogantes que incrementan la expectación. Como debe ser cuando trajinamos con personajes muy imbuidos por la cultura de Hollywood.
El éxito de “Norman Fucking Rockwell” (Interscope 2019) apenas tiene misterio porque las catorce canciones son de un grandísimo nivel, aunque se pueden buscar pequeños detalles a modo de claves. Elizabeth disfruta con la perfección de las formas musicales combinando pasado, presente, futuro, sensibilidad femenina retro adaptada a la perspectiva millenial, observaciones sociales de las reglas actuales, y muchas referencias a la cultura rock californiana. Buena parte se debe también a la conjura con el productor experto en voces femeninas Jack Antonoff (nada menos que Lorde, Carly Rae Jepsen, Taylor Swift y FKA Twigs en apenas unos meses) fabricando piezas introspectivas, mayormente baladas al piano orquestadas con ese dramatismo que la etiquetó como una especie de femme fatale impostora/portadora del glamour del siglo XXI, y a la vez con un punto muy sutil de RB/hip hop. Dramatismo fregando el over the top que nunca llega, porque ella se encarga de enfriarlo en el último instante con una frase o un quiebro de voz cool.
Los nueve minutos de “Venice Bitch”, ya conocidos en single, la muestran segura de los riesgos. “California” sale de un proyecto que tuvo con Alex Turner y el aquí presente Zachary Dawes en la segunda etapa de The Last Shadow Puppets. “Doin´ Time” es una versión de una versión: “Summertime” de George Gershwin recreada por Sublime poco antes de que falleciese Bradley Nowell en 1996 (me pregunto si el hecho de que fonéticamente Nowell y Norman Fucking Rockwell se parezcan tiene algún vínculo). Y aquí aprovechamos para recalcar la utilización de los vocablos fuck y fucking, como si para una lectora de Sylvia Plath puntuase hacerse pasar por una blanquita malhablada. `Hope is a dangerous thing for a woman like me to have´, sentencia en la composición del mismo título al mencionar a la poetisa, aunque de esta misma canción me quedo con la excelente frase `writing in blood on my walls/ cause the ink in my pen don´t work in my notepad´. O, ya centrándose más en algunos chicos con los que se relaciona, `I watched the guys getting high as they fight for the things that they hold dear/ to forget the things they fear´.
Y queda el tema de la bandera norteamericana, nuevamente presente en una portada. Ella muestra la cultura USA, sobre todo la californiana siempre en primer plano. Desde el Springsteen de sus orígenes neoyorkinos hasta innumerables citas con nombres propios: “Houses Of The Holy” y Eagles en “The Next Best American Record”, una “The Greatest” repleta de referentes -missed the bar where The Beach Boys would go/ Dennis´ last stop before Kokomo/…./Kanye West is blond and gone/`Life On Mars´ ain´t just a song-, la mención a Crosby Stills & Nash en “Bartender”, y “Happiness Is A Butterfly” con geolocalización elocuente (Laurel Canyon, Sunset Boulevard). Lana tiene California metida en la piel. La fama, los coches, toda una singladura en busca de vivir el papel que interpreta.
No obstante, a veces ciertos detalles menos dignos de Instagram revelan la naturaleza de la persona agazapada tras el personaje, de algún modo certificando que parte de las relaciones tumultuosas que narran podrían ser verdad. Por muy Lana Turner que pretenda emular, una chica que coproduce un documental sobre Daniel Johnston o participa en un concierto de tributo a Leonard Cohen forzosamente ha de tener un hueco destacado en mi corazón. Diamante.