El hijo de Nick Cave murió y, con él, su padre un poco también. Se constató en el tono y en la negrura -desde la portada- de “Skeleton Tree”. Ahora que el poso de dolor se ha asentado, el australiano está aprendiendo a convivir con la pena. Una vez aceptado lo irreversible, cuestiona y profundiza con “Ghosteen” (2019) en el sentido de la vida a través de su faceta poética en toda su plenitud.
En la parte literaria, se ceba en metáforas -corceles en llamas, mariposas negras, luciérnagas, el bosque- ayudado por el imaginario religioso de buen predicador con gran voz de crooner que le permite multiplicar la solemnidad de las composiciones. Como siempre, The Bad Seeds se adaptan para la ocasión -quietud, ni un acorde estruendoso- con un control absoluto de los teclados por un Warren Ellis casi en modo ambient. Sobra decirlo, esos sintetizadores de duermevela, con piano grave y algo de orquestación -más en clave cinematográfica que en formato pop- crean un ambiente de afectación mucho más sangrante que por ejemplo “The Boatman´s Call”. Aquí la épica se debate entre el golpe del pasado y el aturdimiento de tener que mirar un futuro gris (en “Bright Horses” describe el mundo como un lugar donde reina la crueldad, la tiranía y la locura).
Por supuesto esta catarsis es personal y, aunque frondosa y hermosa -esa portada describe lo suyo-, sigue siendo poco confortable sin estribillos marcados. Nick está cómodo pero a la vez incomoda. Es una belleza torturada, casi terminal, donde desde la oscuridad se busca constantemente una luz -well sometimes a little bit of faith can go a long long way- que intuye no verá.
It´s a long way to find peace of mind. And I´m just waiting now for my time to come. Un granito de esperanza para cerrar un álbum único.