“No Treasure But Hope” (Tindersticks). Las islas griegas tienen un poder inspirador que ha condicionado las composiciones de innumerables autores. Leonard Cohen era uno de ellos. Ahora también Stuart Staples reconoce que su viaje a Itaca ha propiciado un acercamiento distinto, hasta el punto de haber conseguido posiblemente el mejor disco de la banda de los últimos quince años. Melancólico, otoñal y romántico, acertadísimo en melodías y arreglos, aporta una primera mitad pluscuamperfecta: la manera de mecerse de “The Amputees” y “Take Care In Your Dreams”, la balada a corazón abierto de “Trees Fall”, introspectiva con piano (“For The Beauty”) o con la orquesta buscando la belleza inaprensible (“Pinky In The Daylight”). Y con la diosa del amor de su parte en un punto perdido del Egeo. Sin palabras.

“Violet Street” (Local Natives). Cuarenta años atrás, los grupos norteamericanos que coqueteaban con el rock sinfónico eran despreciados por los puristas (Kansas versus Genesis). En el universo indie hoy ocurre algo similar. Hay algo de acomodaticio -Los Angeles- en las maneras de Local Natives -como Death Cab For Cutie- que no les permite entrar en el círculo de los elegidos (sobre todo en una península como la española que prefiere consumir portadas amarillas de formaciones muy secundarias londinenses). Lo que no quiere decir que sus discos sean inferiores, muy al contrario como hace diez años se viene reivindicando desde esta página, ni que el nuevo trabajo sea superior a los anteriores. Simplemente es un pelín menos accesible, con sus subidas y bajadas, recovecos, y algún tic muy sutil de AOR. Escuchando la instantánea “When Am I Gonna Lose You”, seguida por la brisa impagable de “Café Amarillo”, el torbellino de “Shy” o la quebrada pero graciosamente insumisa “Tap Dancer”, uno tiene más que suficiente para seguir insistiendo en sus bondades.

“Shadowboxer” (Mansionair). Cuando se es fruto de una época que bebió de la tristeza de Radiohead, se recondujo a través de la melancolía electrónica de James Blake, se formateó a las estructuras percusivas donde el minimalismo convive con Alt-J, y todo ello se percibe desde una educación musical australiana benigna con las melodías pero atenta a la actualidad -R&B, hip hop-, sucede esto. Un debut largo y sólido, con dieciséis canciones formando un ente compacto de las cuales sale uno convencido que el presente que el presente del pop alternativo puede mirar al futuro sin miedo, y que la voz de Jack Frogatt dará muchas y mayores alegrías con el paso de los discos.

“Release The Dogs (Joyero). Los pros y los cons de la soltería artística. Andy Stack, de Wye Oak, sin Jenn wasner. Un disco de dream pop del miembro de un dúo que a veces toca dream pop gracias a la voz del otro miembro. Como un disco de Beach House sin la voz de Victoria Legrand. O un disco de Sylvan Esso -que por cierto él, maestro de la tecnología, ha remezclado- sin la voz de Amelia Meath. El andamio está allí, con tramos de plenitud synth (“Steepest Stairs”), percutir electrónico (“Dogs”), romanticismo por entre el respirar de las piezas, e incluso una lógica lisérgica intachable (“Small Town Death”). Su parcela habitual es de diez. Lástima que la otra parte no compareciese. Quedemos en un notable.

“Doom Days” (Bastille). El tercer disco de uno de los referentes comerciales británicos de la década tiene tono conceptual. Empieza a medianoche con “Quarter Past Midnight” y su épica entre The 1975 y Springsteen, terminando pasadas las ocho y media de la mañana despertándose en el suelo de una cocina. Cambios de humor a lo largo de la noche, del stomp de “Bad Decisions” a la tristeza inicial -que deja paso a lo florido- de “Divide”, regresando a ratos al tema central. Con pinceladas teatrales, tics de R&B y hip hop, voces de cuadrilla de pub, estribillos convertibles en himnos y acordes amables tipo Coldplay. ¿Qué puede fallar?