Ya se sabe que un rasgo común que tienen los artistas heterogéneos es que, ya sea el público, las instituciones culturales, o los canales de difusión (la mayoría manipulados por el poder imperante en el momento) les suele dar palmaditas de conmiseración en la espalda, así como invitarlos al oscuro ostracismo en donde palpitan sus obras, o con suerte, hasta lleguen a aparecer en algún pie de página de esos que nutren los anaqueles del olvido.

Juan Carlos Roldán es de esa calaña de artista, o al menos es la imagen que me he hecho yo de él. Roldán hace de la creación artística un poderoso ejercicio de mutación, y además persiste en su labor empecinada de estar en contacto con la mente y el cuerpo del oyente, así como del contexto de una realidad inaprensible. Su música es accesible, tiene fuentes de inspiración que esculpen nuestro ideario, y a la par parece que traspasa barreras espaciales y temporales, y sea en organismo alienígena, como salido de una mente perversa e histriónica.

Los pentagramas que conforman su brillante cuarto álbum “Tus Poderes” (El Genio Equivocado, 2020), son pequeñas sinfonías retrofuturistas de juguete que conforman un puzzle extraño en el que una pieza se ha perdido. Mis neuronas caen en una especie de duermevela. Como dijo Sisa, qualsevol nit pot sortir el sol, y espero despierto que eso pase para danzar junto a Sun Ra y Moondog, mediar entre armonías metronómicas que golpean mi cerebro bien suave, cerrar los ojos bajo los destellos de las luces iridiscentes de la costa californiana, participar en las orgías de cartón-piedra de Martin Denny, mancharme las manos de sangre con Werner Herzog y Popol Vuh, remembranzas psicotrópicas con Stereolab, la estética hipnagógica y el verso (meta)libre, colorear mi estancia con bossa ficticia…Mucho, mucho trabajo tiene el oyente. Estas son texturas, capas de sonido ambarinos y libérrimos de unos músicos que descifran enigmas arcanos. Solo a través de Roldan puedo entender lo que me rodea. Y me asusta.