Siguiendo los pasos convencionales, cada disco de Waxahatchee se aleja más del ímpetu juvenil -el sonido eléctrico rabioso con que todos soñamos para quemar la parte podrida del mundo- y abraza formas cuyo aparente convencionalismo esconde las escaleras hacia la madurez. En “Saint Cloud” (Merge 2020) aún se impone la ilusión de un futuro digno de ser vivido, aunque ya empieza -de momento sin la amargura explícita de los adultos- a cuestionarse cosas.
De hecho Katie Crutchfield arranca el álbum con una “Oxbow” apuntando a un cambio de vida pensada en Barcelona durante el Primavera Sound 2018. Esta primera mitad cuenta con piezas diseñadas en viaje buscando el perfume de americana accesible -entre el country melódico y los Fleetwood Mac pop- de Kacey Musgraves, tanto en “Can´t Do Much” como en “Fire” (dice que texto y música se acoplaron en su cabeza mientras conducía junto a Kevin Morby) y “Lilacs” (la concibió en Portugal), alguna de ellas bajo la influencia de Lucinda Williams.
También unas cuantas canciones de la parte central del disco tienen que ver con su amiga bailarina Marlee -el acorde superadictivo de “Witches”-, su hermana Allison y Lindsey Jordan de Snail Mail -juntas conforman las 4 fantásticas de “Hell”-, y sobre todo la necesidad de mantener relaciones de amistad potentes en tu vida si quieres sobrevivir en un entorno hostil como el actual preservando lo humano de nuestros sentimientos.
Sin caer en el estereotipo de drama fácil, las tres últimas composiciones -un trío de ases: “Arkadelphia”, “Ruby Falls” y “St. Cloud”- son lentas y reflexionan sobre drogas, muerte y recuerdos que ya no volverán, a veces mezclándolos -en la penúltima: or back home at Waxahatchee creek- o rindiendo homenaje al pueblo de su padre -la última- en las afueras de Orlando. Cada vez menos combativa en superficie pero más centrada emocional y artísticamente.