Mi admiración por Blake Mills ha ido tomando cuerpo a lo largo de la pasada década, pero sobre todo se asentó tras su influencia sobre la mutación de Jim James, mucho más que sus discos en solitario o algunas producciones de postín. Fue al descubrirle como un guitarrista de sonoridades más que de virtuosismo. Tocar unas notas determinadas, manipularlas con toda la tecnología a mano, hasta a veces incluso hacer irreconocible el instrumento que emitía aquel sonido.
Por ello me maravilla aún más el giro dado en su nuevo álbum “Mutable Set” (New Deal 2020), un compendio de once piezas de extrema madrugada, esculpidas desde un sigilo sublime y resonancias de alcoba, ataviadas con detalles solo perceptibles por orejas atentas, donde además la guitarra entendida como tal apenas luce en un par de momentos. Como por ejemplo cuando, robusta, se apodera del situacionismo íntimo de “Never Forever”. La fragilidad y el falso minimalismo se conjugan con una percusión que crepita con sigilo máximo (“My dear One” no llega al pulso del corazón) entre lo sensible y lo inquietante, creando un ambiente único (ayuda en composición Cass McCombs) que arranca normalmente como los Mark Linkous o Elliott Smith más terminales para ir creciendo -en “Vanishing Twin” y en “Summer All Over”- mediante sonidos que recuerdan en algunos detalles los experimentos de Robert Fripp -no en vano Mills hizo buenas migas con Bill Frisell- en compañía de músicos reconocidos (por ejemplo Rob Moose, Sam Gendel o Abe Rounds). Por si sirve de algo, en una “Window Facing A Window” al límite de la duermevela se ayuda de una melodía del mítico compositor mejicano Armando Manzanero.
A pesar de su quietud, no es música aburrida o acomodaticia. Tampoco se podría calificar como peligrosa, a menos que empecemos a pensar en la suerte corrida por Elliott Smith y Mark Linkous. Enorme.