Ni Terry Allen es un artista de country al uso ni el nuevo ábum “Just Like Moby Dick” (Paradise Of Bachelors 2020) otro disco más del género. Sería muy largo explicar y argumentar aquí las procelosas relaciones del negocio musical, pero es necesaria en este caso una pizca de aclaración histórica -que en parte ya se contó en la reseña de su disco anterior de 2013- para subrayar todo el cariño que desprende.
En 1977, cuando para un aficionado al rock como yo el country no era un palo fuerte -en su esencia- sino una mera influencia vía Byrds, Gram Parsons, Townes Van Zandt y alguna broma periférica -un respeto a “Hank Wilson´s Back Vol 1” de Leon Russell-, el primer álbum de Joe Ely llegó como una bomba en cuyo agujero caí para tocar las raíces -también Clash, que le apadrinaron- y llegar a comprender que es una parte tan esencial de la cultura norteamericana que nunca nunca jamás debería menospreciar. Y menos si provenía de Texas.
Del grupo que acompañaba a Ely en aquel álbum destacaba -aparte del socio Butch Hancock- el nombre de Lloyd Maines, guitarrista que también publicó discos junto a sus hermanos The maines Brothers Band y se convirtió en la steel guitar favorita de la escena local. Casi al mismo tiempo empezaba a despuntar Terry Allen, no tan ágil instrumentalmente pero profundo conocedor de la idiosincrasia tejana y excelente letrista. En 1980 ya tenía tres discos importantes, donde participaban nombres como su esposa Jo Harvey o el violinista Richard Bowden. Encontrarlos en 2020 operativos y a pleno rendimiento junto al percusionista Davis McLarty -ya con Ely en los 80- en una coproducción de Charlie Sexton supone una emoción entrañable, también porque el espíritu familiar -su esposa e hijos: Bukka, Bale y Kru- atrapa. Sobre todo teniendo presente que Allen, Ely y Sexton firman juntos la composición “All That´s Left Is Fare-Thee-Well” (por si interesa, la firma de Dave Alvin de The Blasters figura en “Death Of The Last Stripper”).
El álbum por supuesto responde a lo esperado, y más tratándose de un músico de 77 años. Parte de su encanto se debe a la voz femenina de Shannon McNally, pero sobre todo a las características musicales de Terry. La narrativa -a veces surrealista- tejana en su esplendor, con las consabidas variantes personales suyas. Ni evita inclinarse a veces al country de feria -circense, portuario o carnavalesco, llámenle como gusten- ni a tramos de spoken word: en la fantástica “Pirate Jenny” monta su guión característico. Todo rociado con valses más ágiles o más perezosos típicos de la tierra, así como una hermosa “Harmony Two” compuesta por Jo Harvey.
Podría extenderme con más datos técnicos marginales, como la inclusión del bajista Glen Fukunaga (presente en discos de Dylan, Charlie, y en un álbum de su hermano Will Sexton) o la de Brian Standefer al cello (me gustaría saber si tiene parentesco con Russ Standefer, quien tocaba la tuba en “Lubbock For Everything” en 1979), pero entraríamos en la patología de fan. Quede constancia de ella pues, desde el día que a Allen se le ocurrió dedicar el disco “Smokin´ The Dummy” en 1980 al malogrado Lowell George.