Poco a poco, el sonido de Khruangbin se va modulando en busca de compaginar una identidad propia -ya bastante definida- con un público más amplio. Menos instrumental que antes, su nuevo álbum mantiene los códigos básicos -el ritmo hip hop de percusión, los monólogos de guitarra, el bajo prominente- con ciertos retoques, sobre todo al tejer la guitarra de Mark Speer unas texturas más accesibles e introducir más vocalización de Laura Lee, reduciendo los ecos dub aunque manteniendo la sensación perezosa expansiva inspirada en la sobredosis de calor de cualquier verano en su Texas natal.
El cóctel étnico sigue muy presente desde el mismo título “Mordechai” (Dead Oceans 2020). Por mucho que sea un guiño a un amigo de Laura, es también el nombre de quien evitó la aniquilación del pueblo hebreo por parte de Hamán durante el reinado de Asuero en la antigua Persia (gracias a la intervención de su esposa Ester), aunque esta vez apenas quedan rastros de ritmos middle east. Ahora en cambio le dan cancha a la herencia genética de la bajista (Laura Lee Ochoa) en el single “Pelota” de marcada influencia latinoamericana.
El grueso de la grabación -aparte de la tonada clásica thai al inicio de “Conaissais La Face”- gira en torno a un funk más sensual que crudo. Bastante light en “Time (You And I)”, a cámara lenta en “One To remember”, con briznas de psicodelia adherida en la cascada de detalles sixties (“Dearest Alfred”), con un groove de atardecer liberando la imaginación de la guitarra hacia paisajes de ensueño (“Father Bird, Mother Bird”), suave a merced de la brisa (“So We Won´t Forget”). En definitiva, su disco más ligero y variado.