Wamena, Papúa Occidental (Indonesia), 11 de noviembre de 2018. Josep, un amigo que años atrás había organizado trekkings por el valle de Baliem, tenía ganas de volver a contactar con sus amistades y colaboradores lugareños, y de paso pulsar el ambiente de cara a retomar operaciones interrumpidas por culpa de la inestabilidad política. Salimos cuatro amigos desde Bali vía Timika en un vuelo nocturno de Garuda incomodísimo a bordo de un Bombardier canadiense, cuyo vuelo de enlace desde Jayapura (un ATR72 de Wings Abadi) sufrió muchas horas de retraso debido a la siempre cambiante metereología. Conseguir aterrizar en Wamena depende mucho del tiempo -sobre todo a partir del mediodía- y su aeropuerto -la única manera de acceder a la ciudad- mantiene un alto porcentaje de incidencias. Llegamos a media tarde y aún nos dio tiempo de visitar un poblado típico -más típico aún tras soltarle 150$ al jefe para una performance ataviados todos sus habitantes varones de guerreros- antes de pernoctar.
La próxima sorpresa se produce cuando, a la mañana siguiente, tras media hora de viaje en la vanette que debía dejarnos cerca del punto del inicio del sendero rumbo a Klise, un grupo de jóvenes vestidos entre Rambo y piratas cutres del mar de Solo nos paran con sus metralletas intimidatorias. Quince minutos de discusiones con los hombres de Josep -un guía, un cocinero y tres porteadores- consiguieron hacerles dejarnos pasar. Nunca supimos qué estaba ocurriendo, al parecer había algún muerto implicado. Tres semanas después, ya de vuelta en Bali, nos enteramos que al poco tiempo habían muerto 19 trabajadores que construían una carretera, seguramente a manos del frente independentista de West Papua. Una tierra muy rica en disputa desde 1950. Holanda, sabiendo que era una etnia distinta, no quería que Indonesia la anexionara, pero tuvo que ceder en 1963 para reforzar los lazos entre USA (Occidente) e Indonesia (islam). Es una relación extractiva, donde solo se construyen carreteras si es para acceder a una mina, ante el enfado de una población que ve cómo Jakarta se lleva pero no devuelve. Y, debido a la orografía hostil para una invasión bélica, si la metrópolis opta por el enfrentamiento con los rebeldes, tiene las de perder. Por ello Joko Widodo ha intentado enjabonar a los papús a base de promesas no cumplidas. Su únicas deferencias, ser el primer presidente indonesio en visitar la región, y bajar el precio de una gasolina allí paradójicamente carísima. Wamena sigue inaccesible por carretera.

 
Los párrafos anteriores vienen a cuento por la canción “Papua Merdeka” del álbum “Keleketla!” (Ahead Of Our Time 2020), un proyecto surgido a partir de un colectivo de la librería Keleketla! de Johanesburgo que contactó con Matt Black y Jonathan More de Coldcut. Planificado y grabado entre UK y Soweto, es un compendio de ritmos funk africanos con trasfondo político, donde esta pieza destaca por reivindicar una injusticia más allá del continente negro gracias al discurso sentido del activista exiliado Benny Wenda narrando los abusos del ejército indonesio. Es impactante además por la presencia de un Shabaka Hutchings por supuesto inmenso, y por la percusión del recientemente fallecido Tony Allen. Ambos colaboran en otras canciones del álbum -a veces juntos, como en “Future Toyi Toyi”-, y también coinciden con los vientos de Antibalas.
Entre la jungla rítmica afrobeat destacan “International Love Affair” y “Crystallise”, así como la frescura de “Shepherd Song”. La bonita y suave “5&1”, sobre piano y percusión, evoca a Chick Corea y de paso remarca que toda la grabación recibe la influencia del jazz rock pasada por el filtro electrónico de los maestros Coldcut. El afro y el beat, juntos con pulsión digital.