A White Poppy se le conoce por estos lares gracias a una reseña de Luis Moner en 2013. Desde entonces ha ido progresando paulatinamente -otro álbum en 2015- hasta “Paradise Gardens” (Not Not Fun 2020) donde la canadiense Crystal Dorval se decanta por su faceta más dream pop.
Aunque el disco se abre con una “Broken” de bajo muy The Cure, en lineas generales responde a las tonalidades marcadas por una portada con ecos de ensoñación difusa en tonos pastel rosados/azulados. Es como si una neblina restase nitidez a un sonido bello; como si proviniese de un universo beatífico lejano; como un susurro en medio de una nube a modo de delicatessen (“Memories”); como una pomada anestesiante con navajas escondidas (“Something Sacred”). Escuchando “Hardly Alive” me vuelve a la memoria aquella armonía tan dinámica de “Five Roses” de Miracle Fortress (aunque no tan certera). Y se ha de degustar con perseverancia la telaraña instrumental de “Sedation Song” o de las últimas piezas (“Rainbow” y “Phoenix”).
Sí, cada vez menos lo-fi, Crystal se dirige por la senda dream pop esquivando lo rugoso. Con pisada cálida. De puntillas.