Una de las entrevistas más entrañables que me ha tocado hacer fue a Badly Drawn Boy el 28 de marzo de 2001. Desaliñado, cercano, afable y con un mercury bajo el ala gracias a “The Hour Of The Bewilderbeast” (2000), me permitió conectar inmediatamente con su idiosincrasia. Fuimos juntos al FNAC, hablamos de su admiración por Bruce Springsteen y, ya por la noche, se marcó un guiño con versión de “Thunder Road”. El resto de la década se saldó con otros cuatro discos que fueron de más a menos hasta que, tras un silencio de diez años, reaparece con “Banana Skin Shoes” (AWL 2020).
Ante todo, independientemente de la calidad musical del disco, dudo mucho que levante expectación y mucho menos consiga portadas -tampoco quedan muchas revistas de papel- por sus características. En la actualidad un discurso de honestidad buenista apenas tiene recorrido. No hay lugar para los buenos deseos, suena a viejuno. Cuando en la última estrofa de “I Just Wanna Wish You Happiness” dice `be careful what you wish for, cause what you wish for just might come true´ me arranca una sonrisa. O cuando en una “Note To Self” con cadencia crepuscular en modo autoayuda reconoce que a veces solo queda…rezar. O en el homenaje al capo de Manchester Tony Wilson, recordando Factory y The Hacienda bajo un ritmo entre Caribe y Happy Mondays en “Tony Wilson Said”. Temáticas que un adolescente de 2020 ni conoce ni le importan ni hablan de putas o farlopa.
Aún así, entre las buenas vibraciones que no cotizan, surgen composiciones de soul pop orquestado (“I Need Someone To Trust”, “Flying On The Wall”), estribillos killers (“Is This A Dream?”), pulsaciones bossa (“You And Me Against The World”), la balada de rigor (“Never Change”), melodías que se disuelven entre los arreglos (“Appletree Boulevard”), reflexiones sentidas acerca de su matrimonio (“I´ll Do My Best”) y alguna travesura sin importancia (el despegue de funk sideral con “Banana Skin Shoes”), hasta sentir el disco como el mejor que ha grabado después de aquel debut premiado.