“The Bends” (Rosie Carney). Radiohead produjeron un legado que, mal que les pese a algunos, ha calado en todos los estratos musicales. Guitarra acústica, piano, teclados vaporosos y la voz susurrante de esta inglesa mudada a Irlanda se compinchan para ofrecer una versión húmeda de estas doce piezas clásicas de la cultura popular británica. Es su perspectiva emocional de un periodo de confinamiento que a todos nos ha llevado a bucear entre nuestros discos favoritos para preservar nuestra salud mental. Que lo arrime a su ascua dream pop tirando a folk no mejora las originales pero las dota de una sensibilidad distinta eliminando los tramos dramáticos más eléctricos (con un “My Iron Lung” instrumental al piano). Y, por descontado, el que a una artista de 23 años le afecte este disco supone una alegría para quienes lo hemos estado defendiendo desde su publicación contra viento y marea. La cadena no se rompe.

“Covers” (Marika Hackman). Tampoco ha podido resistirse a un disco de versiones planeado durante el confinamiento, encargando las mezclas al sabio David Wrench (Caribou, The xx, Glass Animals, Hot Chip) para que adecuase los arreglos a un estilo de poso agridulce y electrónica melancólica suave como el suyo. La elección arranca en los 90 con Radiohead (“You Never Wash Up After Yourself”), Edith Frost (“Temporary Loan”) y Elliott Smith (“Between The Bars”, como la anterior preservando la identidad acústica), cambia de milenio con The Shins (despoja “Phantom Limb” de su brillo original), para ir incorporando paulatinamente a algunas de las protagonistas de la última década como Sharon Van Etten (“Jupiter 4”), Grimes (“Realiti”), Beyoncé (“All Night”), Alvvays (“In Undertow”) y Muna (“Pink Light”). Un ejercicio de folk, indie y electrónica a tono con su estilo.

“Petals For Armor” (Hayley Williams). La secuencia de este álbum es importante, dividiéndolo en tres bloques de cinco canciones convertidos en tres EPs. El primero es el que menos me gusta, mutante e inquietante pese a poderse bailar sobre el pulso sólido de “Simmer” y “Creepin´” mientras el segundo, gracias al excelente pop de “Dead Horse” y “Why We Ever”, los recursos disco de “Over Yet” y la colaboración con boygenius en “Lotus/Roses/Violet/Iris” -momento mágico viendo a Julie Baker, Phoebe Bridgers y Lucy Dacus con los micros tras el cristal-, es el mejor. La última parte contiene una ambientación rítmica más adulta una vez traspasada la brisa pop tipo Haim de “Pure Love”, cuando el jazz de “Taken”, el math a lo Foals de “Sugar On The Rim” y su energía disfrutando del R&B de “Watch Me While I Bloom” acaban contagiando. La apoyan sus compañeros Jon Howard y Taylor York de Paramore, así como la batería de Aaron Steele. Si salto las tres o cuatro que no me gustan tanto, es un disco excepcional.

“Indistinct Conversations” (Land Of Talk). Con tanto talento femenino en el mercado, se habla desgraciadamente poco de la canadiense Elizabeth Powell, una de las cantautoras con guitarra eléctrica más imaginativas. Aparentemente podría tener domiciliación en la electricidad otoñal de 4AD, pero sería una casilla demasiado fácil e injusta. Puede jugar con lo formal para retorcer pequeños detalles hasta convertir el invento en algo propio, casi irreal sin llegar a perturbar, más allá del dream pop abriendo la veta personal. Son prueba los acordes cataclísmicos provocando tensión instrumental en “Look To You”, la riqueza tonal de arpegios de “Weight Of That Weekend” (si “Tusk” se hubiese publicado en 4AD), la originalidad de la guitarra al final de “Love In 2 Stages”, la administración de unos acordes sangrantes sin más compañía en “Festivals” o la preciosa espiral de la composición más directa (“A/B Futures”). Escúchese atentamente para impregnarse de su sutileza cruda y anacrónica.

“Dream On” (Alice Boman). El debut de la sueca nos agarró en enero, en pleno invierno precovid, con sus maneras mullidas. Y, vistos los sucesos posteriores, se fue instalando poco a poco en nuestra monotonía confinada. Una parálisis mental que se veía refrescada por el terciopelo de los arreglos desde sus estancias en Malmö al abrigo del frío polar. A veces se acercaba a Hope Sandoval sin el componente narcótico inquietante; en otras a Julee Cruise y las colchas de Angelo Badalamenti sin el glamour del paraguas de David Lynch. Para quienes gusten de la fórmula de Greg Gonzalez en Cigarettes After Sex, tanto por el tratamiento de la guitarra (“Heart On Fire”) como por su procedimiento de dejar caer una melodía por el propio peso de la concatenación de acordes inapelables (“The More I Cry”). Belleza obvia, pero belleza al fin y al cabo. Con capacidad para reconfortar.