Desde los confines australes (Dunedin, como The Chills) opera Maxine Funke, que va ya por su cuarto álbum “Sceance” (A Colorful Storm 2021). Acústica, voz, y –a veces- tapiz de electrónica acolchando. Nada del otro jueves leído así, hasta que la escuchas detenidamente.

Porque cuando le prestas atención en un entorno de silencio máximo, tan delicada y fuera del bullicio urbano, te empiezas a maravillar. Y esto ocurre pronto, en la segunda canción (“Quiet Shore”, de siete minutos), cuyo hipnotismo entre arpegios adormilados se sustenta sobre un pulso de mecánica suave; parece que te cante en un sueño. Una sensación que se agranda en la frágil “Lucky Penny” con el susurro perdiéndose en el horizonte, pero sobre todo en “Moody Relish”, donde un ritmo perezoso de casio, como un corcel al paso, va filtrando sonidos de un sosiego detallista indescriptible tras su discurso poético, entre los cuales cada eco de cada nota importa.

Las dos últimas –“Homage” y “Goodbye”- de esta grabación corta –apenas llega a 25 minutos- mantienen el formato de acústica y voz en clave canción de cuna para subrayar la solitud del entorno envidiable, al que muchos –hartos ya del caos al que el Sistema nos había impuesto, y que ahora ha sido destapado por la pandemia- desearíamos acceder. La vida puede ser apacible. En algún lugar.