Un par de consideraciones previas. La evolución musical es cíclica. Renovación, consolidación, estancamiento, regeneración, y vuelta a empezar. Las distintas oleadas de divas del country, desde Patsy Cline hasta Loretta Lynn, encontraron hace medio siglo a una joven Emmylou Harris que dio un aire nuevo –gracias en parte a Gram Parsons- más allá de las normas conservadoras. Tuvieron que pasar otros diez años hasta que surgiese otra gran voz con querencia folk, Nanci Griffith, para que con su tercer álbum “Once In A Very Blue Moon” (1984) diese el toque de atención de su potencial. La otra consideración tiene que ver con ese plus inherente a la denominación de origen tejana. Como si ayudase haberse criado en el mismo estado que Townes Van Zandt, Joe Ely y Guy Clark.

El caso es que “Once In A Very Blue Moon” era un gran disco condensando ayudas interesantes –Lyle Lovett en tres canciones-, versiones reveladoras –“Roseville Fair” de Bill Staines y “Ballad Of Robin Winter-Smith” de Richard Dobson- y la coautoría de Eric Taylor en una “Ghost In The Music” que parece querer resumir –así como “Friend Out In The Madness”- sensaciones del reciente divorcio entre ambos. Sabidos son los matrimonios entre músicos de country (otro destacable sería el de su discípula Iris DeMent con Greg Brown, padre de Pieta Brown) y sus sonados litigios. Curiosamente, la mejor del lote –la canción titular- está compuesta por su guitarrista Pat Alger –Nanci se deja el alma en el estribillo junto a Lovett-, aunque también destaca la fragilidad luminosa de su voz con guitarra acústica en “Year Down In New Orleans”, o los pasajes de “Spin On A Red Brick Floor” donde conviven el banjo de Bela Fleck, el dobro de Lloyd Green y la mandolina y violín de Mark Connor.

Precisamente en esta fórmula asilvestrada se basa el álbum siguiente “The Last Of The True Believers” (Philo 1986) ganándole por goleada a su predecesor. Country folk de pradera y tarta de arándanos, dulce y tierno, con Lovett ya presente en siete piezas. Un álbum con una primera cara para enmarcar: la estelar apertura con “The Last Of The True Believers”, la pureza de la voz y la desazón del texto de “Love At The Five & Dime” –Don McLean hablando de Nanci: I never heard anyone sing harmony in a more beautiful way-, el increíble vals para cantar en grupo  de “St. Olav´s Gate” –si algún día me pillan borracho, seguramente estaré canturreando la frase `here´s to the ladies you love and don´t see again´- o el gancho innato de “More Than A Whisper”.

Sorprendentemente, esta primera cara casi queda eclipsada por la segunda. El violín de “Goin´ Gone”, que parte el corazón entre mandolina y pedal steel acompañando al estribillo, es de una belleza casi perfecta si de lo que se trata es de encontrar un remanso donde congraciarse con la música. La frase liberadora de “Fly By Night” -`I´m goin´ out in the streets tonight and watch the lonely hearts go flying´- te perseguirá media vida, al igual que el epílogo de “The Wing & The Wheel” preguntándose `where are all the dreamers… that used to know´, hasta que sentencia `we´ll have memories for company…long after these songs are gone´.

RIP Nanci, y gracias por la música. One of the last true believers.