Insisto en lo dicho hace año y pico con “Are You From The Future?” (2019). A Spearmint habría que darles de comer aparte. Además de su olfato melódico y su buena mano con estribillos que nos trasladan a un pasado repleto de humanidad, se mantienen firmes en su fórmula atemporal donde cada estrofa sintoniza con los que tenemos una edad y nos confronta con nuestras vivencias, sobre todo quienes apostaron por hacer de la música una parte importante de su vida.

De nuevo con su último trabajo “Holland Park” (Hitback 2021) lo han bordado. Partiendo de las memorias del padre de Shirley Lee recordando su banda de rock en la época glam de Bowie que estuvo a punto de ser famosa –incluso giraron en los USA-, disecciona los anhelos de los protagonistas modestos del ideario rock –músicos, entorno familiar y consumidores de entonces- mientras deja caer de vez en cuando frases sueltas criticando la falta de valores actual. Empieza con la ilusión del éxito futuro, cuando ya has decidido dejar atrás las miserias del pueblo (“They Call Us Stupid”) envuelto en el vendaval juvenil. Las referencias a Bowie son continuas –en “Bundunyabba Blue”: `stole your look, stole your hair, stole your clothes´- e incluso se atreve a insinuar en “Since Bowie Died” que, tras la muerte de David, su mundo se desmoronó (`we didn´t realize how lucky we were´). Ya atrapado en la nebulosa de nostalgia, se esfuerza para intentar acallar a los negacionistas del rock –a veces muchos sienten que, para las nuevas generaciones, es como si no hubiera existido- con una “Rock´n Roll Never Was” adobada con muchos nombres propios (`Ian Hunter never left a journal, there never was no future, Marc & Mickey didn´t Get It On, Mark never had The Fall´). Entre palmas a lo Beach Boys (“Walk Away From Hollywood”) y preciosas tramas vintage (“Lazy Susan”), el disco es un primor.

El meollo de la grabación no obstante se desbroza en los doce minutos de “Holland Park”, la narración de los hechos –salpicada con comentarios sociales- desde la perspectiva de su padre: la excitación al llegar a Londres, las actuaciones en USA, la primera vez que tuvo en sus manos la copia en vinilo del álbum, la frustración con el cambio de época –de ser aplaudidos por sonar como Pink Floyd a ser abucheados por ello- y la aceptación de un arroz que se pasó, mirándose en los ojos de la modesta banda de su hijo que tampoco tiene pinta de alcanzar la fama. Es tan emocionante que resulta difícil no verse  reflejado en él.

Después sigue una pieza instrumental que bien podría haber supuesto el final perfecto del disco. Le siguieron tres canciones más –“Mole” redunda en la nostalgia y frustración- y “Albion”, bien pensado, también se escucha como una despedida muy digna. Viaje en el tiempo y de nuevo masterclass.