Impresionante el discurso de una Adele que parece haber alcanzado la madurez artística. Cinco años desde el anterior, “30” (Columbia 2021) se centra en la disección emocional de su vida durante los últimos años: matrimonio, maternidad, divorcio, etc. Con un dramatismo superlativo en los arreglos que le ayuda a escalar hasta uno de los tronos vocales interpretativos del nuevo milenio.

Comienza y acaba con la grandeza orquestada de aquellas canciones de Judy Garland, mientras enfoca los textos de la relación finalmente fallida (“Easy On Me”) de la que no obstante ha subsistido un retoño, al que va dedicada la atrevida “My Little Love”: podría ser una Lana Del Rey hundida intentando dejarle un legado sonoro a ese hijo de cuya paternidad ha decidido prescindir tras un solo año de matrimonio oficializado, con esas lágrimas al final dinamitando el andamio soul anterior.

Tras un tramo casi hedonista en el ecuador con unas “Oh My God” y “Can I Get It” que la dejan en ese terreno tan bien trabajado por Lorde, una balada de soul aterciopelado acerca de volver a enamorarse, y el intimismo exacerbado de “Woman Like Me”, Adele revienta el álbum con tres composiciones largas –más de seis minutos cada una- que centran su impacto en el alcance increíble de la voz. Al prodigio gospel de “Hold On” producida por Inflo, de Sault -como la anterior- suelta ya amarras definitivamente en el blues “To Be Loved” acompañada solo por el piano de Tobias Jesso Jr –bienvenido de nuevo-, para terminar con “Love Is A Game”, también de la mano de Inflo, en plan diva total de soul –incluso durante unos instantes colaría como Nina Simone en la época de “My Way”- de modo apabullante.