“Metal Bird” (Eve Adams). A muchos nos inspira el hecho de estar durante horas volando en un avión. Allá arriba, con los ojos cerrados –medio soñando, a veces con tus anhelos-, el estado de flotación deja que la mente también vuele. Y esta cantautora, en su tercer álbum diseñado con pasajes entre Los Ángeles, Toronto y Vancouver, busca la emoción de estar metida en su `pájaro de metal´ (¿los 747 sentenciados, los A380 también?). Un ambiente a ratos sombrío, con arpegios de guitarra solitaria, a veces con un piano escaso (“La Ronde”), otros mirando de reojo a David Lynch (“Prisoner”) o Mazzy Star (“Butterflies”), donde su voz se recrea en la nocturnidad de la cabina en la penumbra. Con un par de momentos destacados; cuando en “You´re Not Wrong” prosperan las cuerdas sigilosas de otra época (más saxo), y durante el cierre bellísimo de “My Only Dream”. Cualquier enamorado de “Crosshairs” de Cassandra Jenkins debería escuchar esto.

“Petrichor” (Heather Trost). La esposa de Jeremy Barnes (Neutral Milk Hotel) publica su segundo álbum más allá de las aventuras de folk intrépido conjuntamente en A Hawk And A Hacksaw. Produce y colabora Jeremy respetando la intencionalidad psicodélica de la autora, cálida y rural en “Let It In” y “Sunrise”, de campo abierto en “Love It Grows”, hipnotizante y chirriante motorik –a lo Can- en una versión de “Jump Into The Fire”, aquel hit impensable de Nilsson –ya en su debut Heather recreó “Me And My Arrow”- a la que sucede la también teutónica e imponente cascada de teclados gruesos –más a lo Amon Düül II- de “VK09”. Y con un contrapeso dulce en medio de la grabación, “I´ll Think Of You”, estructurada sobre piano invernal.

“A Common Turn” (Anna B. Savage). Su voz desnuda, con el oficio familiar conocedor de la música clásica, aunque no tenga prestancias de nivel superlativo, sabe retorcerse dentro de un pentagrama intimista entre el placer y el dolor. Mayormente acompañada solo de arpegios de guitarra eléctrica, más algún detalle de refuerzo, busca quiebros a lo Joni Mitchell y a menudo acaba en territorio de Jeff Buckley (“Baby Grand”) aunque sin su recorrido vocal. Art rock de alcoba, inteligente -la manera de superponer dos tiempos en “Corncrakes”-, de aristas drásticas –los acordes de “A Common Tern”- proclive a las confesiones –sexuales en el caso de “Chelsea Hotel #3”- producido de modo austero –es el único músico acompañante- por William Doyle -el de East India Youth- cuyo álbum “Great Spans Of Muddy Time” también es muy recomendable.