“Afrique Victime” (Mdou Moctar). Surgida desde la precariedad del desierto sahariano, la electricidad de este guitarrista describe la fiereza del viento, la insumisión frente a las adversidades, y la reverencia a las tradiciones. El hipnotismo del Sahel de siempre (“Ya Habibti”, “Layla”) con una pincelada de tensión eléctrica (“Chismiten”) más allá de Tinariwen, con solos anfetamínicos (“Asdikte Akal”) y las consabidas consignas políticas del género africano que a ratos, cuando toman cuerpo (“Afrique Victime”), se proyectan con trance avasallador. Y si, tras la tormanta nos regala con una pieza del calibre de “Bismilahi Atagah”, no es de extrañar que se convierta en el disco de música africana más premiado del año.

“Binga” (Samba Touré). El Sahel de las telarañas de guitarra eléctrica, aunque bien representado por bandas como Tinariwen y Songhoy Blues, queda igualmente en buenas manos si de un solo guitarrista se trata. Touré conoce bien el terreno –sobre todo si titula el álbum con el nombre del área lindando con el desierto propiamente dicho –y los sonidos que lo representan: un  blues rural –con armónica también- donde los arpegios discurren inexorables circunvalando la aridez. Más genuino e hipnótico incluso que el de sus jóvenes compatriotas famosos de Bamako.

“Kanawa” (Nahawa Doumbia). Una de las cantantes más populares de Mali, con 40 años de carrera bajo la supervisión del guitarrista y productor N´gou Bagayoko –su marido-, tiene una voz tan delicada como incisiva, roída por el polvo del desierto en su punto justo, cuando maneja el hipnotismo embrujado. “Kanawa” –no confundir con la isla indonesia al lado de Flores- es un aviso a la franja más joven de la sociedad africana para que descarte la tentación de caer en el paradigma de la migración en busca del sueño europeo. En el aspecto musical, Sahel business as usual.