“What We Call Life” (Jordan Rakei). Del entorno de Tom Misch, Loyle Carner y la escena semi neosoul del sur de Londres, el neozelandés se ha adaptado a ese sonido de terciopelo con espectro amplio. Más sinfónico o más dance. En los tramos convencionales podría colar como un James Blake capitaneando Bonobo (“Family”) pero su ambición musical va algo más allá, hasta atreverse en el cierre con los 7 minutos de “The Flood” a sondear las alturas inalcanzables de Jeff Buckley.

“Second Line” (Dawn Richard). Más allá de ser una notable propuesta de fusuón entre clubs, electrónica y géneros nobles –house, electro, soul, dance-, unas cuantas canciones trabajan una pátina rítmica heredada de la procedencia –Louisiana- de Dawn, incrustadas en el segundo plano de “Bussifame”, “Voodoo (Outermission)”, y una “Jacuzzi” con tics de marching bands y carnaval. Pero también contiene otros momentos estelares como la segunda parte de “Mornin | Streetlights” deambulando rumbo al epicentro del sentimiento en plan “Unfinished Sympathy”; o los dos últimos minutos de “Perfect Storm”.

“Sometimes I Might Be Introvert” (Little Simz). Se veía venir que, tras el éxito de su productor Inflo con SAULT, el paso adelante de Simbi sería estratosférico. Más florido y variado con bastantes interludios –y no interludios- orquestados sin escatimar ornamentos, se debate entre este tipo de profusión –más simulacros de tropicalia, como esa “Woman” con Cleo Sol- y la sequedad rotunda marca de la casa del productor (“Speed” y “Rollin Stone”). Destaca la colaboración recitando en varias piezas de Emma Corrin, así como esas dos excursiones juntas  -“Point And Kill”, “Fear No Man”- a sus orígenes nigerianos, o el groove deslizante delicioso de “Protect My Energy”. Por aportar un poco de perspectiva que nos sitúe ante un disco tan laureado, está lejos del concepto visceral de hip hop y más cerca de compositoras como Lauryn Hill en clave británica.