Últimamente vuelve a sonar el nombre de Smashing Pumpkins entre las nuevas generaciones de músicos –Wednesday, Weakened Friends, Oso Oso: incluso gente de PC Music como A.G. Cook hacen versiones-, en muchos casos cuando se trata de grupos con ganas de atrapar aquella chispa eléctrica nineties –entre el prog, el metal y el glam- que no se encuentra cómoda en la fosa común del grunge.

El problema es que el derivado propuesto por la mente de Billy Corgan se nutrió de ciertos elementos comunes, empezando por el inicio con Sub Pop, de los cuales era imposible zafarse, sobre todo la producción de Butch Vig. Produjo un gran debut como “Gish” (1991), pero donde todos los actores procuraron gestar un producto con personalidad propia y calidad top fue en “Siamese Dream” (Virgin America 1993). En él Butch volcó su obsesión por la precisión rítmica para fundirla con un conglomerado de guitarras eléctricas, buscando a la vez espacios acústicos para oxigenar. A ello contribuía un apego de Corgan por la ambivalencia entre electricidad y candor sensual del glam –Bowie, T. Rex- que podía suministrar en un mismo tema sonidos pétreos como el granito y fragilidad orquestada. De hecho se hizo famosa la pegada de la entrada extraordinaria de “Cherub Rock”, pero las más magnéticas después serían las que ensalzaban la melodía, como “Today”, “Disarm”, “Spaceboy” o “Luna”, que darían muchas pistas de su siguiente grabación “Mellon Collie And The Infinite Sadness” (1995). Y casi a modo de anécdota, en “Soma” figura Mike Mills de R.E.M al piano.

Casi treinta años después, escuchar el álbum sigue maravillando por su elasticidad y músculo. Una energía tan vigorosa y equilibrada, a veces suministrada en modo de amasijo sonoro pletórico salpicado por canciones de cuna. Cuando entrevisté a Corgan en 1994, me atreví a sentenciar con una frase taxativa. Los sesenta minutos más intensos, brillantes, variados, emocionantes y contundentes de 1993. A día de hoy no me retracto.