Trece años atrás, en un post sobre Togo y Benin, lo comenté: hacerse mayor en África –las canas- implica ganarse el respeto de la comunidad. Solo los más fuertes llegan. Y si encima has ayudado a quienes te rodean, la admiración se torna veneración.

Oumou Sangaré, a sus 54 años, está entrando en esta fase. Empresaria que reinvierte los beneficios de la música emprendiendo en su Mali natal, y sobre todo activista en busca de erradicar los prejuicios sociales tan incrustados allá –derechos de la mujer, minorías indefensas, etc-, se está convirtiendo en símbolo de un cambio que no acaba de llegar.

Su nuevo álbum “Timbuktu” (World Circuit 2022) también se ha visto condicionado por la pandemia, que la pilló en USA y la hizo confinarse en Baltimore –curioso: un occidental la puede considerar un infierno, mientras un africano la puede llegar a ver incluso brillante-, donde compuso buena parte del material. Afortunadamente no lo ha enfocado como una fusión afrowestern, sino que los elementos occidentales fluyen naturales dejando en primer plano el elemento africano. Algo más pulido, eso sí: por mucho que “Wassulu Don” se enmarque en el segmento de blues del desierto, la guitarra no pretende morder venérea como Songhoy Blues, Mdou Moctar o Tinariwen. En seguida además propone una “Sira” en cinemascope, acolchada sin aristas prominentes.

A medida que se suceden las piezas por entre la sonoridad de alta gama, se percibe nítido el latir de Mali y de los países vecinos del Sahel. Sea en el hipnotismo de “Sarama” y Kêlê Magni”, en la espiritualidad de “Kanou”, “Dily Oumou” y “Sabou Dogoné”, así como en el trasvase producido en la época de la esclavitud (la guitarra blues de “Demissimw”) hacia América. Todo cada vez más sobrio, elegante y digno de una gran dama de armas tomar como ella.