Hoy Raymond Scott tendría cien años. Y creo que pocas ganas de disputarle a Brian Eno el honor de ser considerado el padre del ambient. “Discreet Music” –tótem del concepto de espacio musical creado a partir de la propia ausencia de la música- demostró sus poderes curativos en hospitales de maternidad en la segunda mitad de los setenta. Algún médico apostaría por sus apacibles ráfagas ambientales que, al sintonizar la misma frecuencia del ritmo cardiorespiratorio de la madre, aceleraba su recuperación. Pero Eno no fue ni mucho menos el primero en aplicar una cierta funcionalidad a la música. En 1963, un inventor metido a músico (¿o fue al revés?) llamado Raymond Scott publicaba una serie musical para bebés en crecimiento, apuntalando de paso el invisible poder de la música subliminal.

 

A mediados de siglo, los música electrónica era campo abonado para genios que se las veían y deseaban para ser considerados otra cosa que simpáticos chiflados o seres llegados de la ciencia ficción. Si querían publicitar sus hallazgos musicales o dar a conocer su novísimo proto-sintetizador tenían que ingeniárselas para vender la moto. Raymond Scott se la coló al Instituto Gessell para el Crecimiento Infantil, que colaboró con el artista publicitando tres volúmenes musicales concebidos para el crecimiento del bebé. “Soothing Sounds For Baby” los llamaron. Un primer volumen, indicado hasta los seis meses. Otro segundo apropiado en la segunda mitad del primer año. Y uno tercero para ayudar a desarrollar las facultades del crío hasta los dieciséis meses. Genial la táctica pero absurdas las indicaciones: aquellas sintonías electrónicas tienen las mismas propiedades y contraindicaciones que las de Kraftwerk o Cluster. Pero al menos, utilizando este planteamiento pedagógico, Scott pudo dar salida a sus patentes electrónicas (el electronium, el clavivox) y poner en el mercado con la más saludable de las coartadas unos discos que en cualquier otro contexto hubieran sido etiquetados como meras extravagancias.

 

¿Dónde están ahora esos privilegiados niños del baby boom que crecieron con los soniquetes de Raymond Scott? ¿Acaso existen? ¿Presentarán todos ellos un cuadro psicológico o neurálgico común?  Alguien tan poco escandalizable como Jack Dangers (Meat Beat Manifesto) llegó a preguntarse esto mismo, sorprendido ante unas melodías repetitivas, machaconas y hasta puede que perniciosamente subliminales, que se vendían como estimulantes para bebés. Una coletilla comercial aguda pero inapropiada. Los once mecanos musicales que completan los tres volúmenes rebosan creatividad más allá de la conciencia infantil. Algunos de ellos se han consolidado con el tiempo como simples juguetes construidos de loops, aunque al menos dos de aquellas canciones deberían estar registradas como auténticas pioneras de la canción electrónica. “Sleepy Time” se anticipa una década al sonido de Kraftwerk en “Ralf Und Florian”, aunque en su momento se vendiera con la misma intención que una papilla. Y qué decir de la planeadora “Little Miss Echo”  y sus brillantes texturas con osciladores. Me la imagino surgiendo entre los trastos de una guardería para señalarle el camino a futuros popes de la vanguardia popular electrónica como fueron Cluster.

 

Raymond Scott fue un genio. Un visionario absoluto. Por componer lo que compuso (además de piezas para big bands, cartoon music,…) y, sobre todo, por ingeniarse la manera de venderlo al mundo sin que le acusaran de loco. Aunque fuera entre pañales y sonajeros.