Me tenía preocupado “Veckatimest” (Warp 2009), el nuevo álbum de Grizzly Bear. Las tres o cuatro primeras escuchas, tal vez un tanto superficiales, no me habían enganchado –el argumento empieza a sonar recurrente en este blog, pero es así-, quizás por haberme ahogado en sus tramos más cenagosos. De modo que, animado por otras reseñas positivas de colegas muy fiables, decidí entregarle el tiempo necesario –escucharlo las veces que hiciese falta- para poder creerme en el derecho de emitir un juicio de valor fundado. La verdad es que no hizo falta un esfuerzo titánico: una sola vez –eso sí, atenta y dedicada: nada de pensar en otras cosas- y me rendí extasiado.

Los misterios de Grizzly Bear, ahora que ya van por el tercer largo, tienen un truco equiparable a la fotografía. Parecen impenetrables pero todo es cuestión de perspectiva: analizados los componentes por separado que contienen sus composiciones, están en cualquier manual clásico de pop. Solo que los combinan de un modo muy personal. Desde otro ángulo, y con elementos añadidos de otros estilos clásicos (aunque no tan frecuentemente utilizados en el marco del rock). “Southern Boy” parece arrancar desde el jazz. “Two Weeks” tiene una percusión inicial que camufla la verdadera esencia vocal Beach Boys. Y “Fine For Now” podría venir de esta misma fuente tras ser filtrada con el sinfonismo de High Llamas en “Hawaii” (V2 1996), consiguiendo alcanzar una conjunción entre lo vocal y lo evocador que transporta a un planeta único, a un mundo privado extraño y maravilloso –aderezado con su tendencia barroca- capaz de resultar paralizante: como el tiempo detenido. También “Ready, Able” puede considerarse típico Grizzly. Crea un ambiente rítmico de graves para que los agudos –la guitarra- se desprendan lánguidos haciendo trepar la pereza como una enredadera hacia ese universo particular, idílico, tan idílico –sin truenos: “About Face”– que ha de estar cerca del que habita Andrew Bird. Donde el resplandor aparece inesperadamente, tras la esquina de un acorde percibiendo coros fugaces. Cierto, “Hold Still” y “While You Wait For The Others”, densas como el mercurio, pueden echar para atrás e inducir a dejar el disco, pero si se persevera, si se insiste en llegar a “I Live With You” y “Foreground” y captar los orígenes universales de sus texturas -¡quién me iba a decir que compararía a Grizzly Bear con The Beatles!-, seguramente se alcanzará, como consumidor, la plenitud. Que nadie desfallezca escuchándoles: tendrá su recompensa con creces.