estabiel2.jpg

¿Es realmente importante la música en directo, de la misma manera que lo son las canciones? ¿O estamos viviendo el proceso de transformación de una experiencia musical en un formato masivo para quemar ocio? Ahí van una serie de reflexiones al respecto.

-No voy a muchos conciertos. Asistí al de Grande-Marlaska en la Sala El Sol (Madrid) el mes pasado. Empecé relativamente cerca del escenario pero los empujones eran tan frecuentes que casi tuve más tiempo la cabeza girada hacia atrás en señal de reprobación que mirando al grupo. Seré raro, pero no acepto como concierto de pop un evento donde me tocan, me empujan, me pisan y tenga que desarrollar tácticas de supervivencia para poder llegar al final del mismo. Cada vez hay más diferencia entre escucharlo en las tres primeras filas o retrasarte un par de metros, hasta que desconectas con lo que pasa en el escenario. ¿Qué sentido tiene ver un artista folk apretado y lejos? Estás más pendiente de que no te vuelvan a pisar que intentando entender las letras o esforzándote en atrapar esa sensibilidad que, de producirse, apenas llega a la segunda fila.

-Respecto a la asistencia de público a un concierto, me gustaría saber qué porcentaje acude con la intención de enriquecerse o emocionarse con la música (finalidad que se persigue cuando se escucha el disco en casa) y cuanta gente va por aquello de “yo estuve allí y tú no”.

-Muchos conciertos se convierten en un acto social. Y reconozco que peco mucho de caer en él. Al no poder disfrutar del artista en unas condiciones normales me despisto, me amargo y una de dos: o me voy a la barra y me pongo a charlar (y a molestar a los que pretenden verlo) o me piro. Si no lo estoy cubriendo cada vez opto más por esto último. O por no ir.

-Hace poco me encontré con un amigo al que solo veo en los pocos conciertos a los que acudo. Al hacérselo saber me contestó que le molaba ir a los conciertos. Esto me recuerda a la gente que queda para ir al cine. No van a ver una película: van al cine.

-Sólo hay una cosa peor que esperar para pagar en la cola del Dia: esperar cual sardina enlatada a que el artista tenga a bien salir al escenario. Impuntualidad, empujones, mala visión, peor sonido. Ah, ¿pero es que por esto se paga?

-Antes, el peso de un artista en la economía doméstica anual era 20 euros por el cd y 30 por el concierto. Ahora se gastan esos 50 euros en el concierto (independientemente de las condiciones de la sala o de la calidad del sonido), sabedores de que el mp3 se lo pueden bajar gratis. Realmente creo que no hay un pago por prestación muy claro, ni conciencia de precio justo de una actuación en directo.

-Dicen que en la música en directo se descubre el verdadero talento. Puede, pero quien firma esto es tan fan de Bob Dylan como lo es de King Tubby. Quiero decir que disfruto con los “engaños” del estudio. Me puede producir más feeling una grabación (con todos sus trucos, parches y ambientaciones creadas) que un directo (con excepciones, que en mi caso están contadas). No exijo necesariamente una imagen para tener una experiencia musical plena.

-No soporto las bromas de los grupos sobre un escenario. Tampoco me gustan las dedicatorias. Quizás por eso me agradó el concierto de Pixies en Primavera Sound. Muy sobrios y despedida sin dar las gracias.

-Recuerdo el concierto de Fugazi en Madrid presentando “In On The Kill Taker” o el de Yo La Tengo con “Painful”, del mismo año. Más que tocar las canciones de aquellos discos, comunicaron las emociones de los mismos. De eso se trata: de comunicar, no de representar. Cada vez lo veo menos y me niego a asumir que mis 38 años carguen con la totalidad de la culpa.