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Cada cual tiene una imagen personal de Nueva York asociada a sus avatares musicales. Desde The Velvet Underground, Jonathan Richman y Talking Heads hasta el antídoto contra el abatimiento post torres que fueron The Strokes. Yo por ejemplo siempre he imaginado esta urbe como un espacio de cemento inmenso apto para pasear silbando las no menos inmensas canciones de Paul Simon. ¿Tenemos claro el cliché? Nueva York y Simon. El Simon de las tonadas positivistas que tan acertadamente usurpó del palpitar de África en “Graceland”. Trasladémoslo al globalizado siglo XXI y tendremos a Vampire Weekend.

El grupo gira alrededor de la voz inofensiva y la guitarra –de suculento calado tropical, básicamente cono sur africano- de Ezra Koenig y de unos teclados –Rostam Batmanglij– que parecen haber absorbido las esencias de todos los circos y ferias del mundo mundial. Si le añadimos pasajes esporádicos floridos de orquestación voladora y nos detenemos a analizar la percusión de incontenible adolescencia, podemos hacernos una idea aproximada de las posibilidades de Vampire Weekend: el pop –aunque más la industria- precisa de unos nuevos Police.

Nada más comenzar las notas cálidas de Mansard Roof me vienen a la memoria niñas de piel oscura paseando con sus vestiditos cutres rosa, de la mano de sus padres a la salida de misa dominical, mientras sus hermanos pequeños, con pantalones cortos, calcetines y zapatos cerrados, se zampan un palo de algodón a tono con el rosa de sus hermanas. Es una imagen familiar festiva habitual de cualquier isla del Caribe, colonia africana o enclave otrora occidental de Oceanía o África. Oxford Comma no hace más que confirmar los lazos musicales que unen al mundo pobre, mientras Cape Cod Kwassa Kwassa centra aún más el punto de mira mencionando a Peter Gabriel (gran mecenas de la música africana presente en “Graceland”). Se ha de aplaudir el tono variado y ameno –aquí caben también reggae y calipso– de unas composiciones cuya accesibilidad no compromete su buen gusto. Como la banda sonora de un merendero de moda de esa Torre de Babel ideológica en que se ha convertido el planeta. La cima llega con la tonada insidiosa de Walcott, donde convergen –violines neoyorquinos tras el sucedáneo de steel drum caribeño- los elementos de cualquier música que aspira a hacer felices –descontando el texto- a los demás seres humanos. Estén sentados en un malecón próximo a la Gran Manzana, en un bar de la escena final de “El Silencio De Los Corderos”, en el porche de su casa –mejor si está frente al mar y es verano- o, lo más probable, con los auriculares a tope en un paso de cebra de su –gracias al disco no tan- inhóspita ciudad.