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Tengo una fijación especial por el vuelo NZ001 de Air New Zealand y me he prometido a mí mismo que algún día haré el trayecto. Es un vuelo que arranca en Heathrow (Londres) y termina en Auckland, haciendo escala en Los Angeles. ¿Qué tiene de especial? Pues a simple vista que, como primera referencia de la línea aérea, el NZ001 debería ser el que arranca de Auckland y el NZ002 el que regresa de Londres, ya que las compañías suelen numerar en primer lugar el vuelo que despega del país originario de la empresa: el BA001 era el concorde de British Airways que salía de Londres a Nueva York (siendo BA002 el de regreso). Supongo que en este caso Air New Zealand –que no pertenece al grupo One World liderado por British Airways que incluye a Iberia, sino a Star Alliance– ha querido tener una deferencia al vasallaje Commonwealth con la madre patria y con la reina cuyo retrato se estampa en el día a día del otro lado del mundo: el punto de partida del 001 ha de ser el ombligo de todo, la capital imperial: Londres.

Lo que me excita del NZ001 sin embargo es llegar a las antípodas por el lado menos conocido por los europeos. Sobre todo el trayecto de doce horas (algo más la ida, algo menos la vuelta) entre Los Angeles y Auckland sobrevolando el Pacífico puro y duro. El Pacífico mítico de la Polinesia. El que separa –o acerca- a las culturas –por ejemplo- hispana y maorí. De Mazatlán a Rarotonga. Todo esto se me ha ido ocurriendo mientras escucho “Oh, Mojave” y “Tane Mahuta”, la segunda y tercera canción de “Sea Lions” (Memphis Industries,2007), el segundo disco de los relativamente neozelandeses The Ruby Suns.

Es una obra que refleja la luz de aquellos lares, el positivismo y lo poco contaminada que está por los síndromes de la civilización occidental. Arranca “Blue Penguin” y ya uno se siente mecido, entre pétalos flotantes, por las olas tranquilas que besan la arena ante la mirada atenta de los volcanes. Ryan McPhun creció en California y viajó por Africa y Asia, haciendo de Nueva Zelanda su hogar. Y es un dato preciso para definir su música –también está la cebra de la portada de su primer álbum o la canción “Maasai Mara”- y su relación con otras que priorizan esta óptica globalizadota. Por supuesto los coros a veces dejan el acento de los mares del sur y suenan a Beach Boys o, precisando más, a Animal Collective pillando de Beach Boys. Melodías que mutan, que se esconden para luego irrumpir esbeltas, a menudo tímidamente o agazapadas tras un arreglo complejo como “Ole Rinka”, cuyo desarrollo evoca a Grizzly Bear: una oda celestial explotando como la mejor música de tus sueños. Le sigue “Adventure Tour” y el latigazo de los coros pegando como los de Animal Collective en “Feels”. Melodías instantáneas, grandeur que ya quisieran para sí Phil Spector –también pone en lo más alto de la mezcla una pandereta- o John Barry –el intermedio de “Kenya Dig It?”-, e incluso un final muy de los 80 –la segunda mitad de “Morning Sun”- para bailes selectivos tipo The Kane Gang.

Hasta que no venga una nueva corriente y barra con todo bajo acusaciones de sinfonismo, ésta es la música que mejor refleja lo que las buenas gentes quieren sentir en el 2008