Una duda. ¿Hasta dónde se ha de consentir el revivalismo (por supuesto después de consensuar qué es revivalismo y qué no lo es)? Siempre han existido artistas que miran atrás buscando soluciones en la rica herencia musical norteamericana. Que lo hacen con mayor espíritu aventurero. Que se conforman con calcar unas fórmulas. O que simplemente reivindican una ambientación. Hace muchos años fueron The Blues Brothers. Hace muchos también pero menos fue Chris Isaak, o la confusa movida de rockabilly (más comercial Shakin´ Stevens, más actitud rock The Stray Cats). Ejemplos no tan encasillables serían el guitarrista malogrado Danny Gatton, o ya contemporáneos trabajando con -muchos pero no todos- elementos del pasado: en esta misma web se han mencionado las deudas en casos como Richard Hawley, The Clientele o The Singleman Affair (curiosamente los tres británicos: a eso se le llama fijación).

La reflexión se debe a la buena acogida de “A Virtual Landslide” (Damaged Good 2008), segunda entrega de Pete Molinari -británico de Chatham, amigo de Billy Childish-, una colección de canciones rememorando las distintas variantes de aquellos tiempos (entre 1960 y 1965) en que el rock & roll se embutió de mensaje y, consciente de su enorme potencial social, dejó de ser simplemente escapista y se puso serio. Tan serio que permitió entrar en su clan a los menos bailongos, folkies con aspiraciones peregrinas como cambiar el mundo, y les prestó asientos de primera fila para ver cómo después le reventaban la fiesta poniéndose a protestar. Sí. Este disco tiene el don de transportarnos a aquellos días en que aún coleaban el blues de cátedra y Chuck Berry, mientras entraban en su mayoría de edad los cantautores con filias country. Lo hace con mucho reverb y con mucho del entonces joven Dylan. Escuchar “One Stolen moment” es trasladarse al universo de Bob o de Barry McGuire, imaginando lo que se sentía al desperezarse bajo el sol tibio matinal tras un polvo con la Baez mientras se cargan las pilas con un buen desayuno inspirador para componer, a lo largo de la misma mañana, un par de himnitos más. Me encanta esta sensación de adolescencia sesentera. De olor a Greenwich Village. El comienzo con “It Came Out Of The Wilderness”, como si “Roadhouse Blues” fuese obra de Duane Eddy. Como si aún viese -el pasado verano se han llevado- cientos de talles finos con vestidos spaghetti en la fiesta de fin de instituto bailando “Oh So Lonesome For You”. Pero, ay, este título fonéticamente suena como “I´m So Lonely I Could Cry” de Hank Williams. Y me sacude el parecido sorprendente entre textura musical y títulos en bastantes composiciones -“Adelaine” con “Maybelline” de Berry, “Sweet Louise” con “Absolutely Sweet Marie” de Dylan, “Dear Angelina” con “Evangeline” de The Band-, lo cual degenera pronto en un regusto amargo, haciendo que el conseguidísimo decorado se tambalee y deje pasar el color gris del siglo XXI.

Aún así, un buen lote de adrenalina vintage que se colará a traición en mi lista de favoritos del 2008.