Aprovechando que Esplendor Geométrico vuelve a tocar en Barcelona y Madrid, los días 15 y 16 de este mes, en medio de la vorágine de las fiestas navideñas hice un hueco para tener una conversación telefónica con Arturo Lanz, mítico fundador que aún mantiene viva la leyenda. En ella desvela los entresijos actuales y pasados de un grupo pionero en la música electrónica nacional y al que siempre se le hizo mucho más caso fuera de casa que dentro. ¿Cómo es posible que un chaval de 15 años en el Madrid de 1977 tuviera conocimiento de la música industrial y de los brutales conciertos que empezaban a dar Throbbing Gristle? Porque información no había.

“Pues por casualidad. La primera vez que me compré un disco de Throbbing Gristle fue en un viaje con Servando Carballar y sus padres. Tenían una compañía de teatro y marionetas, y con quince años, uno antes de montar Aviador Dro, les acompañé a los tres en la gira. Al pasar por Zürich, Servando y yo encontramos una tienda de discos pequeñita. No tenía ni idea de lo que era la música industrial pero me picó la curiosidad y, aconsejado por su dueño, me compré el primer disco de Throbbing Gristle. Fue una revelación.”

Tu paso por Aviador Dro fue más bien fugaz, al igual que el de Gabriel Riaza (compañero de Lanz en Esplendor Geométrico durante los primeros quince años), Juan Carlos Sastre (encargado del diseño de la mayoría de las portadas) y Andrés Noarbe (responsable del sello Geometrik). Se habla de una separación traumática.

“En su momento lo fue, pero con perspectiva te das cuenta de que todo se magnifica. Cuando nos vamos de Aviador Dro para montar Esplendor Geométrico aún no teníamos ni veinte años. Además de romper con el grupo lo hice también con Servando, que a la larga es lo que más me dolió. Era un íntimo amigo con el que había convivido tres años. Hasta en eso era muy extremista.”

¿Qué te molestaba de Aviador Dro?

“Pues ese ambiente creado en torno a dar cierta imagen. No me encontraba a gusto con esos trajes que diseñaba Servando ni con los panfletos que redactaba para la galería. Pero en la ruptura también cuenta que por entonces a mí ya no me interesaba hacer pop.”

De ese Madrid que despedía la década de los setenta siempre tenemos presente la lectura de los que luego fueron protagonistas de la Movida. Vosotros no lo fuisteis pero estuvisteis allí desde el principio. ¿Cómo ves aquella época?

“Antes de que vinieran los socialistas en 1982 había tal anarquía que se creó un clima muy divertido. No había ninguna infraestructura cultural; podías hacer lo que te diera la gana y nadie se apropiaba institucionalmente de las cosas. Nosotros comenzamos a ensayar en unos locales que en su momento habían sido los de la Academia de Mandos José Antonio (desmantelada tras la muerte de Franco). Como en la segunda mitad de los setenta apenas había legislación en materia de cultura, aquello funcionó como un centro cultural autogestionado. Allí ensayó Kaka de Luxe, había algunas compañías de teatro e incluso se montó un laboratorio de energía eólica, que entonces era algo también muy avanzado. No teníamos ni siquiera cristales en las ventanas. Aquello sí que era underground. Y respecto a la escena que se estaba formando, enseguida desconectamos. Siempre me pareció que no había sustancia. Los grupos de la Movida apenas tenían fuerza y eran bastante ñoños. Gente más blanda que la hostia. Te decían lo mucho que les molaba Cabaret Voltaire pero luego te veían en directo y se llevaban las manos a la cabeza. Todo muy falso.”

¿Se puede decir que esa actitud tan radical que adoptasteis era un síntoma de superioridad o de cierto elitismo?

“Elitismo no, porque nos daba igual a quien llegásemos. Si éramos radicales era por ir en contra de lo que era la Movida en ese momento. Lo que estaba haciendo Throbbing Gristle nos sirvió de guía para hacer el burro. Fue a partir de sacar el single “Necrosis en la poya” y del concierto que dimos en Rock-Ola cuando los grupos dejaron de hablarnos y los medios nacionales de tenernos en consideración. Pensaban que éramos unos locos.”

(continuará mañana)