
Subo al coche y pongo en marcha el motor. Tan potente como silencioso. Dos giros a la derecha hasta enfilar la entrada de la autopista. Como casi siempre que no es verano, el cielo encapotado amenaza constantemente con una descarga inminente resuelta con el repiqueteo de gotas finas sobre el cristal. El panorama a través de él es gélido. Columnas de humo se yerguen sobre las chimeneas de la Europa gris industrial, como queriendo hacer frente a la climatología a golpe de combustión.


