«Hey Panda» (The High Llamas)

Tras ocho años sin publicar con el logo de The High Llamas, un nuevo álbum, “Hey Panda” (Drag City 2024) sirve para comprobar que lo intuido en sus colaboraciones varias durante este tiempo era cierto: Sean O´Hagan no ha perdido su olfato explorador.

Dicho de otro modo, lejos queda “Hawaii” y la deuda con Beach Boys, y más lejos aún Microdisney. En cambio no tanto Stereolab y la letargia electrónica sintética, algo torcida en “Hey Panda”, quebrada en “Sisters Friends” –con Rae Morris- o tendiendo puentes entre lo crepuscular y el funk en “Stone Cold Slow”. O´Hagan se adecúa al nuevo milenio, a los beats hip hop y arreglos R&B –autotune junto a Bonnie Prince Billy en “How The Best Was Won”- con un nivel intrincado –piénsese en Bernice o Crumb- en “Bade Amey”, o a través de bossa circense en “The Grade”. Cierto, los mimbres son interesantes, pero a la amalgama le cuesta cuajar.

Hasta que de pronto se llega a la décima canción “Hungriest Man”, donde entrega una balada soul en clave club de jazz trasnochado de nuevo con Will Oldham. Y pone en bandeja el mejor final posible con una variación de bossa más íntima –“The Water Moves”- y la esplendorosamente sencilla “La Masse”, que nos deja tan prendados de The High Llamas como la primera vez que les escuché en “Apricots” hace ya 32 años. Chapeau.

Charlie Parr

Más de veinte años lleva publicando Charlie Parr, cantautor de americana de Duluth con tics de hobo entre blues, country y folk. Esta vez ha dejado de lado lo espartano para vestir sus canciones con sonido de banda gracias a la intervención productora de Tucker Martine.

“Little Sun” (Smithsonian Folkways 2024) se beneficia pues del jolgorio de la tradición comunitaria en “Boombox” y “Ten Watt”, donde confluyen piano, mandolinas, banjo, violines, dixie, fox, honky tonk, elogios al bar donde tocan blues, al hecho de bailar, etc, sin olvidar el folk –aunque sea con guitarra eléctrica, onda Van Morrison- como nutriente -“Stray”- y el blues –“Little Sun”- como biberón.

Dos piezas largas de siete minutos marcan la intencionalidad de la grabación: “Bear Head Lake” es una reverie boscosa de acústicas psicodélicas, y “Pale Fire”, lamento sobre fingerpicking cósmico destacando la sabia colaboración de Marisa Anderson, siempre avezada en hacer que la guitarra exprese lo que las palabras no pueden.

Lizzy McAlpine

La proliferación de cantautoras de dormitorio está empezando a saturar –tal vez un 30% de las novedades semanales recomendadas entran en el segmento-, de modo que hay que superar el soplo de desconfianza inicial para poder entrar en “Older” (RCA 2024).

Básicamente porque, a modo de postre, Lizzy McAlpine se hizo un nombre en las redes sociales antes de ser aceptada por la industria. ¿Indie folk de lujo? Algo de eso hay al escuchar los arreglos floridos de “All Falls Down” o el estado de flotación creado por las cuerdas de Rob Moose y el bajo de Pino Palladino en “Broken Glass”. Muchas baladas con protagonismo de un piano y del rasgar de una acústica (“Staying”, “Older”), en el flujo confesional narrativo de la ruptura de una relación y sus causas (como el alcoholismo en “Drunk, Running”). Destaca la más conocida y frágil “I Guess”, pero sobre todo “Come Down Soon” con la fórmula de pop etéreo de los Fleetwood Mac de “Tusk”. Y “March”, coescrita con Ethan Gruska en la posición decimotercera, está dedicada a su padre fallecido un trece de marzo (de hecho suele publicar los singles el día trece de un mes).

«Phasor» (Helado Negro)

Llevamos años hablando de la originalidad de Roberto Carlos Lange. De su manera cariñosa de explorar sus orígenes y confrontarlos con su ADN de hijo de inmigrantes y con las nuevas tendencias bajo el logo de Helado Negro.

Esa mescolanza entre la hispanidad de Ecuador, la dualidad de Miami y la global de Nueva York, en sus manos se convierte en alquimia melosa, siempre pugnando entre la languidez y la tecnología. También en el nuevo “Phasor” (4AD 2024). Aunque inquieta relativamente el texto de “LFO (Lupe Finds Oliveros)” entre sonidos benignos, pronto asoma el romanticismo de voluptuosidad crepuscular (“I Just Want To Wake Up With You”), de atardecer cálido al borde del mar (“Best Of You And Me”), el jazz íntimo fregando la bossa (“Echo Tricks Me”) o el groove sensual reverberado en la línea de bajo (“Out There”). Sin poder renunciar a un pellizco tecnológico subliminal (“Colores Del Mar”), aunque sea con pátina de moduladores antiguos.

Para no sonar empalagoso, de vez en cuando se atreve con exploraciones más ásperas, aunque en ningún momento busca romper el marco plácido del conjunto. Sigo viéndole como un talento único asumiendo riesgos sin intentar herir, sino más bien encandilando.

«Don´t Forget Me» (Maggie Rogers)

Los pros y cons de Maggie Rogers resumidos: se mueve hábilmente sobre una cuerda finísima que une el pop con el indie. La precocidad de su fama supone un tránsito curioso del folk al pop, primero con influencias R&B y después de americana; cinco álbumes sin llegar a los treinta años.

“Don´t Forget Me” (Capitol 2024) se digiere bien. Si al anterior le sacaban brillo Greg Kurstin y Rostam, ahora se encarga Ian Fitchuk, productor entre otras de Shania Twain y Kacey Musgraves. La cita a la segunda no es casual. Maggie tiene bastantes conexiones musicales en común con Kacey en su manera de inocular elementos de country y folk que enriquecen la voz, aunque se escora un poco más a la americana con un punto de rock de carretera (sin llegar siquiera a rozar a Lucinda Williams). A cambio, su conocimiento de varios instrumentos le permite utilizarlos de forma que dignifiquen una composición pop. Y no está tan lejos de la Swift en aptitudes compositoras (en “I Still Do” no sabemos si se siente más afín a ésta o a Musgraves).

Marcan los momentos álgidos de la grabación “So Sick Of Dreaming” (publicada en marzo) y sobre todo la intensa “Don´t Forget Me” (en febrero), según ella su composición favorita. En cualquier caso, el brillo que dejan las espuelas en el galope de “Never Going Home” y “The Kill”, o la vulnerabilidad melódica expuesta en “All The Same”, también sirven para configurar un disco al que dan ganas de volver a escuchar a menudo.