«Half-Told Tales» (Arab Strap)

La música de Arab Strap nunca ha sido apta para todos los públicos, y no cambió tras su retorno en 2021. En esta tercera grabación de la nueva etapa, “Half-told Tales” (Rock Action 2021), los preceptos que rigen la poesía y el tono cáustico de Aidan Moffat siguen intactos, así como los distintos trajes musicales confeccionados por el siempre interesante Malcolm Middleton: esa mezcla de suavidad y cacofonía, indie rugoso, Escocia cristalina, rimas de alto nivel y dejes escatológicos –al menos tres canciones hacen referencia al escroto-, y vulnerabilidad versus militancia sociopolítica son sus armas de batalla.

Por supuesto no tienen reparos en arrancar brutos –como Cathal Coughlan fuera de Microdisney- con una “I Get Noise” arisca. Después vendrán contornos más pulidos (con percusión prominente, aire reflexivo y final con saxo en “Be A Man”) o más rabiosos (noise banger político en “Fighting For You”) reflejando las obsesiones estúpidas del capitalismo (el rejuvenecimiento en “Glamour Magick”), música disco tosca blanca (“You You You”), spoken word relajado (“Gape”), tirando incluso de dopamina (la triste “Under Offer” contra las aberraciones arquitectónicas del barrio), fetichismo sexual de todo a cien (“Dollar Park”), ritmos cálidos latinos suaves (“Sunsong”) y melodías condescendientes (“Basic Physics”).

En resumen, son los Arab Strap de siempre. Llenos de contradicciones enfrentadas a su concienciación social, de lengua perversa en un entorno pervertido, y sobre todo letal cuando la irreverencia te pilla receptivo.

I´ve got watchlists I never watch
And pruritus scroti in my crutch

And if you´re streaming this song on Spotify
Then we both fund weapons-grade AI
(You You You”)

So my caffeine shampoo keep what hair´s left alive

I´ve had follicle grafts and blepharoplasties
And a scrotal lift, lift my kilt and you see”
(“Glamour Magick”)

He examines his excretions, the brown piss and yellow shit
And mournfully strokes his fat, rock-hard belly
And he picks his purple nose and scratches his scrotum
(“Gape”)

The beat of this song is 60BM
One beat per second

Even the planet isn´t puctual
1972 was 2 seconds longer than 1971
A 100 days later I took my first breath
29 years later I met your mum
(“Beats Per minute”)

«The Unsung Adventures Of Punch Brothers» (Punch Brothers)

La definición de Punch Brothers como banda de bluegrass se queda corta. El hecho de que el quinteto no tenga percusión, lo protagonicen violín (el nuevo fichaje Brittany Haas), banjo (Noah Pilkeny) y mandolina (Chris Tile) y tengan en su punto de mira la música tradicional y los sonidos provenientes de las montañas Apalaches, no implica que se dediquen solo a jigs y valses. Su educación no procede de entornos rurales, sino de la erudición de academias musicales neoyorkinas donde en una habitación tú estudias folk y en la contigua alguien estudia a Steve Reich. Música instrumental cuyas bases acústicas no impiden crear tramos de música experimental sutilmente adosada.

Así, en su séptimo álbum “The Unsung Adventures of Punch Brothers” (Nonesuch 2026), buscan con sus canciones –más las tres tradicionales- ir un poco más allá de la mera recreación historicista del legado musical norteamericano. Escuchando “Found In A Frozen Fog” y el trazo grueso de violín con que empieza, sorprende la sigilosa mutación que sufre a lo largo de sus seis minutos –aquelarre apalache, después remanso pacífico, diabluras de banjo y mandolina, etc- y lo mismo ocurre cuando asoman detalles de música repetitiva en “June Apple (poisoned)”, su aproximación minimalista a la tradicional “Song Of The Water Kelpie”, o las cascadas de notas de violín en el vals “Solve Knut”. Son combinaciones fascinantes que van más allá de la energía habitual de la música popular. Ni siquiera me atrevería, aunque me tienta, a definirlo como bluegrass contemplativo.

Eaves Wilder

Cierto, la aparición de Eaves Wilder en el álbum “As We Once Were” de The Anchoress me puso sobre su pista. Y aquí estoy, con un debut publicado hace casi seis meses, titulado muy hábilmente “Little Miss Sunshine” (Secretly Canadian 2026), absorto en su espiral eléctrica contagiosa, disfrutando como un niño de una energía con gran capacidad de desborde.

Como hija de los periodistas musicales Peter Paphides y Caitlin Moran, ha tenido Eaves una excelente educación musical. Combina la electricidad acerada del shoegaze con una voz dreampop ensoñadora y una habilidad pop compositora fantástica. Su sonido podría resumirse con el título del corte que abre el álbum, “Hurricane Girl”, pues entra como un vendaval (el pulso shoegaze luego se repetirá en “Mountain Sized”). La fuerza eléctrica de “Just Say No!” deja paso a una “Everybody Talks” cuya voz aniñada se enfrenta a una escalada sonora monumental, cuando estalla el solo de guitarra palpándose un resumen de puro rock & roll. Y se llega a mitad del disco con una brillantísima “The Great Plains” (en el mismo sentido brillante que pueda tener la secuencia de acordes de “My Sweet Lord” encajados en una composición de CMAT, de la que Eaves se confiesa admiradora).

Detalles clásicos aparecen sutilmente a continuación. Los acordes de perfume Pink Floyd de “English Tea”, la manera de erguirse “Daisy Chain Reaction” con un riff nivel T. Rex, y la reverberación acústica casi “Abbey Road” en “Summer Rolls” que se convierte en gran final, sin contar con “Ropeburn” supurando pop pese a los decibelios, o la más atmosférica “LA”. Todo con un sonido deslumbrante en parte culpa de la coproducción de Andy Savours (My Bloody Valentine). Uno de los discos `tapados´ del año.

«As We Once Were» (The Anchoress)

Las inclinaciones art rock de la galesa Catherine Anne Davies le consiguieron elogios en su álbum “The Art Of Losing” (2021) al situarla como un cruce entre Florence y Kate Bush. Sin material nuevo hasta ahora, su única aportación fue una colección de versiones que dejaban constancia de unos referentes –New Order, Radiohead, The Cure, Depeche Mode, Nirvana, Manic Street Preachers, REM- que decían mucho sobre ella.

“As We Once Were” (LNFG 2026) viene a reconfirmar lo apuntado cinco años atrás, con una primera mitad que incluye tres piezas muy directas de pop, con sus tics abigarrados –en “Throw Over Your Man” repite James Dean Bradfield, en el pop engalanado con retintín urgente de “Damsels” participa Eaves Wilder, autora del reciente álbum “Little Miss Sunshine”, y en la muy bien arreglada y opulenta “I Had A Baby Not A Lobotomy” comparece Gwenno- donde luce la educación clásica de The Anchoress dominando sintetizadores, melotrón y flautas, hasta conseguir un ligero toque synth en “As We Once Were”.

En mitad del disco se sitúan las dos baladas –“All I Really Want Is Peace” y “Stop The World”- con arreglos orquestales más amplios, y a partir de allí no vuelve a acelerarse el ritmo de la grabación -apenas ecos industriales en “Hand To The Tide”- pues “What You Did” y “She Knows Her Place” son también baladas –más sinuosas- y “All Fall Down” goza de la ayuda de electrónica ambient de Hannah Peel. A todo ello se añaden cuatro piezas instrumentales cortas, mayormente de piano que –algunas con spoken word a cargo de su madre, ella e incluso su hija- producen cierta sensación conceptual de temporalidad.

Westside Cowboy

Desde Manchester, Westside Cowboy se proyectan con su debut “It Goes On” (Island 2026) como una banda juvenil defendiendo los valores musicales británicos indies tradicionales tras la aparición del punk. Se educaron en un entorno folk pero han ido cargándose de adrenalina y testosterona alrededor del acné, y a día de hoy parecen los indicador para enarbolar una nueva etiqueta llamada britainicana, la de pulso ágil, músculo eléctrico intenso y melodías contagiosas.

“Kick Stones (The Boys)”, la entrada del álbum, es un buen ejemplo con la actitud tórrida casi Wedding Present. Canciones directas (“Dobro”), sin renegar a la compasión (Paperchains”), con una manera de crecer a base de vitalidad espontánea (“Well Done Kid, You Did It”) que al mismo tiempo maneja una dejadez vocal tipo Strokes. La entrada con una guitarra nerviosa similar a la de Pulp en “Babies” (“Worried Age”) deja patente la nobleza de los mimbres. Y “Pin Up Boys” –la entenderán mejor los seguidores de Pogues- muestra la forma de vestir folk con fervor punk, igual de impactante que “Coyote” acelerándose demoledora.

La solidez de los acordes elegidos para poner punto final con “You Could Have Died There On The Dancefloor” –sí, suena a debut con paralelismos emocionales al de Arctic Monkeys- es como el testamento a un acto de liberación en forma de álbum: han soltado toda la rabia adolescente acumulada, avisando que a partir de ya serán adultos. Y grandes.