«Punching The Clown» (Lambchop)

He llegado a la conclusión de que Kurt Wagner es capaz de conmover a una piedra con solo su voz, sus versos y el acompañamiento de un único instrumento, tal como lo hizo con apenas piano, un micro y un foco sobre su apesadumbrada figura en el auditori durante el Primavera Sound de 2024. También se ha podido apreciar semejante virtud en la veta espartana de sus últimos discos.

En el nuevo álbum “Punching The Clown” (Merge 2026) vuelve a estar acompañado por la producción de Ryan Olson y, junto a tan solo Andrew Broder a la guitarra y Justin Vernon al banjo, se las apaña para crear un ambiente único, esta vez gracias a una troupe de dos formaciones corales –The Eau Claire Vocal Sextet y el London Choir- que le ayudan a explorar las emociones de la técnica del lined out singing aprendida en iglesias norteamericanas que aplicaron la métrica creada en Escocia siglos atrás: una voz grave declamando sobre el tapiz acústico creado por Broder y Vernon, con juegos corales que dibujan una liturgia de recogimiento majestuoso en doce piezas durante tres cuartos de hora.

Debido al protagonismo de las formaciones corales, la ambientación se viste de solemnidad proyectando los versos del autor, sujetos como siempre –aunque prestes atención, el significado se escapa- a la libre interpretación. Algunas composiciones suenan a plegarias opulentas (“A Doctor In The House”), otras pasan de puntillas (“White People”) entre la fragilidad acústica (folk estremecedor en “Stella”) hasta que las voces se yerguen espectaculares (“The New World Wave”) o apuestan por el preciosismo trasnochado (“Afterburner”). A la altura de la décima pieza –“Cigar”, a la salud del trabajador inmigrante- Vernon abandona el barco, y en la última incluso Wagner deja un texto que solo consta de nombres de ciudades –entre ellas Madrid, Bilbao y Barcelona- citadas por las voces angelicales, permitiéndose él el lujo de reaparecer solo para esbozar dos palabras: “No Chicago”. Con un efecto sublime y a la vez devastador. Un artista único.

Feeling
Memory
Voice

My God
My God

Olivia O´Brien

No suele suceder, pero algunos artistas recorren el camino inverso al habitual. La californiana Olivia O´Brien, descubierta por Gnash, firmó con Island y desarrolló una carrera que produjo en álbum en 2019, dos EPs y tres mixtapes (imposible no fijarse en ella si uno de ellos se titulaba “It Was A Sad Fucking Summer”), hasta que decide romper con la multinacional en 2023, publicando ahora en clave independiente el segundo trabajo “PIXIE” (Gamma 2026).

El disco viene marcado por contener estribillos y tonadas pop a mansalva, y por la producción de Day Wave, experto en combinar elementos folk con synth pop. Puede pasar de un primer single de dormitorio (“Icarus”) a un segundo con carga electrónica importante (“I Would Call But I Don´t Hte Myself Anymore”) y un tercero explotando lo dócil y agradable adolescente sin caer completamente en el mainstream (“I Always Say I´m Leaving”). Correcta en la influencia folk (dulce y pop en “Written By A Man”, más acústica cerrando en “Heaven”), expone variantes interesantes, aunque muy sutiles, cuando trabaja con el synth: los guiños corales tipo japonés en “The Masochist”, el murmullo New Order de “Take What You Need” o el de The Cure en el pulso de “Quarter Century Blues”. Y puede insinuar textos a lo Randy Newman (“Goodman”) y trotes muy molones (“I Can Do Whatever I Want”).

Con semejante diversidad y facilidad para engarzar tonadas creando sensación de confidencialidad, se la ve musicalmente como una Taylor Swift modesta en busca de hacerse querer.

Luluc

Desde Melbourne vía Brooklyn, el dúo australiano Luluc, formado por Zoë Randell y Steve Hassett, lleva veinte años labrándose una reputación merecida con seis largos ya en su mochila, y un buen puñado de colaboraciones –Leonard Cohen, J Mascis, The National, tributo a Nick Drake- y abriendo giras para The National, Dinosaur Jr, Father John Misty o Fleet Foxes.

“Sweet Thief” (Community 2026), el nuevo, es cortito pero repleto de esa sensibilidad folk –acústicas, juegos de voces- al alcance de muy pocos, pulsando varias teclas desde su sensibilidad frágil. “Honeyeater” y “A Better Truth” poseen la reverberación invernal severa de Nick Drake y no menos serenas brotan las notas de teclados litúrgicos con aromas fifties de “Dopamine Slot Machine”, ribeteadas con saxo. En cambio el eco de “Homesick In L.A.” se impregna de obras magnas sixties. Siempre con la dulzura por delante, extrayendo notas que caen como lágrimas de cristal (“Wich Way Now”), con juegos vocales que tanto pueden evocar a Iron & Wine (“No One Else´s Pen”) como a The Milk Carton Kids y Mapache (“Lullaby”).

Seguramente, parte de la sensibilidad de la grabación se deba a un retorno a Australia. Volver a la tranquilidad del hogar, al otro lado de todo, aporta una perspectiva que de algún modo queda prominentemente expuesta en el sonido, anhelando regresar a la pureza y barrer todo lo podrido de estos tiempos.

Sofie Birch

La danesa Sofie Birch en “Bivabippabualukka” (Stroom 2026) dedica sus conocimientos de electrónica, jazz, ambient y clarinete a crear un marco sonoro de naturaleza tropical desde una perspectiva casi folk, donde apenas ha lugar a la cacofonía.

En el álbum todo fluye desde una bonanza instrumental embriagadora, con mucha influencia de bossa en la trastienda. Los juegos de viento al inicio de “Juaduddanya” lo disimulan durante breves instantes, pero en seguida irrumpe la sensualidad tropical –apenas se nota que surge desde el frío europeo-, siempre en busca de la cadencia perfecta. En “Inyan” conviven percusiones de sutileza indostánica enriquecedora con field recordings de pajaritos, y a su vez con letanías somnolientas de tropicalia acústica (“Meo Busa”), fragmentos de alguna banda sonora con el punto de mira en Copacabana (“Husiana”), introversión acústica (“Spakugga”) y tramos aparentemente, -solo aparentemente- espartanos (“Wanwu”). Un universo desde aguas apacibles celestiales y pasajes de paisajismo hermoso líquido (“Fluorit”) al que ayudan a configurar esbozos cortos (“Kyakalia”, “Eleven d”) como contribución a perfilar el ambiente. Suavidad avant garde transformadora. Un billete a Brasil con Nala Sinephro en el asiento contiguo.

«Lost Weekend» (Phoebe Bridgers)

Tras un silencio discográfico en solitario de seis años, Phoebe Bridgers publica su nuevo álbum “Lost Weekend” (Dead Oceans 2026). Nada más echarle un vistazo a los créditos y escucharlo por encima, tengo la sensación de haber sido regalado con una caja de bombones. De chocolate de marca.

El lujo y el buen gusto abruman con solo citar a los implicados principales. A la producción están Jack Antonoff, Ethan Gruska, Tony Berg y Alex G. Ayudan a lo largo del disco Caroline Shaw y Christian Lee Hutson, un hombre que suele estar en todos los berenjenales suculentos apagando fuegos ocasionales (en composición, a la guitarra, con ocurrencias en los arreglos, etc). En los pasajes escabrosos de guitarra cuenta con Blake Mills (extraordinario junto a Meg Duffy en “Liberty Tree”), mientras en los arreglos de cuerda manda por supuesto Rob Moose. Y la presencia de Mike Mogis como ingeniero de mezclas propicia la presencia a la armónica de Conor Oberst –compañero en Bright Eyes- en “I Can´t Wait”, donde también se supone –porque no está acreditado- que ayuda Cameron Winter de Geese (también en “Kill Me”). Si añadimos la presencia de Lucy Dacus y Julien Baker –compinches en boygenius- en el single “Lost Boys” o en la más folkie “Haunted”, la de Chris Tile de Punch Brothers a la mandolina en “Panorama”, “Still Standing” y “Never Going Back!”, así como la de CJ Camerieri, o la de dos guitarristas tan distintos como Mike Kinsella (American Football) y Justin Broadrick (Godflesh) para obtener el contraste en la exultante “Bobby”, nos vamos haciendo a la idea de las características del artilugio.

Las canciones por supuesto también son excelentes, con la entrada de una voz filtrada con vocoder produciendo un efecto irreal en “The Outside” (la diferencia entre vocoder y autotune es la equivalente entre Laurie Anderson y un cantante de reggaeton). Subyace una sensación de cotilleo bien entendido, casi Taylor Swift –la relación de su ex Paul Mescal con su novia actual Gracie Adams-, las alusiones a su pareja Bo Burnham en varias piezas, la menos intrascendente con su padre; todo entre indie pop, secciones de folk y momentos de recogimiento sensible (“Other Plans”, “As Above”, o una “Lost Weekend” que recoge un pasaje de “The Last Great Washington State” de Damien Jurado). Mereció la pena esperar. A disfrutar.