Itasca

Prosigue Kayla Cohen, tras el logo de Itasca, en su rumbo hacia sonidos más benévolos con el nuevo disco “Imitation Of War” (Paradise Of Bachelors 2024), respaldada ahora por algunos músicos –con talante recatado- entre los que se encuentran miembros de Wand.

El álbum discurre con patrones de folk sin estribillos reconocibles, sino más bien en modo diletante ensoñador. La guitarra acústica de cristal aparece (“Under Gates Of Cobalt Blue”) aparece tras dejar patente una intencionalidad tan hipnótica como anteriormente etérea (“Milk” y “Imitation Of War”). Un universo de arpegios líquidos con algún pespunte psicodélico –la textura recuerda a The Clientele- que discurre como un remanso arrullado por una brisa acústica volátil (“Dancing Woman”). Curiosamente, dirías que esta manera de operar la has escuchado en otros artistas –divagar y dar la impresión de que se trata de una improvisación meditada- pero no aciertas a comparar la procedencia del sonido invertebrado crepuscular (todo lo más, se percibe una métrica vocal similar a la de la Joni Mitchell más free).

Queda como canción principal “Easy Spirit”, inicialmente una de las pocas movidas con un trabajo de guitarra estelar, pero que al final se va ralentizando hasta haber generado un tema distinto al cabo de nueve minutos. Muy interesante. Y atmosférico.

«Songs That Aren´t Mine» (Matt Maltese)

Los discos de versiones se producen por motivos distintos, y no es sano intentar juzgar su resultado comparando las canciones con las originales porque, casi siempre, las primeras salen perdiendo.

Así que hay que tomar “Songs That Aren´t Mine” (Tonight Matthew 2024) como lo que tal vez Matt Maltese pretende comunicar. Un puñado de composiciones que le gustan -¿que también le han influido?- de procedencias variopintas, ejecutadas desde una perspectiva relajada íntima, como interpretándolas en casa para unos amigos. Combina su lado británico con las raíces norteamericanas. Recreaciones de ingleses como Matt Johnson (The The) y T. Rex, escoceses de distinto pelaje (Belle & Sebastian, Country Teasers), canadienses reflejando parte de su genealogía (Avril Lavigne, Neil Young) y aromas de americana (Sixpence None The Richer, John Hartford).

Y aunque “This Is The Day”, “Cosmic Dancer” (con Dora Jar), “You Made Me Forget My Dreams”, “Spiderman In The Flesh”, “Philadelphia” (con Searows), “Waiting In Vain”, “In Tall Buildings” y “Nothing Compares 2 U” palidezcan frente a las originales, fluye una melancolía nostálgica crepuscular similar donde incluso encaja una versión de “Eternamente” de la Nina Pizzi más onda San Remo. Placidez terminal tipo Andy Shauf.

«Love In Constant Spectacle» (Jane Weaver)

Una parte del linaje de experimentalistas anglosajones actuales ha tirado del progresismo seventies –llámese Genesis, llámese Canterbury- y lo ha combinado con pulsaciones germanas. Algunos incluso han obtenido licencias de folk y pop, sobre todo en la gama femenina.

El recorrido de Jane Weaver tiene que ver con esa trazabilidad que ha llegado a la conclusión de que es sano mezclar mecánica y ensoñación, o así al menos se percibe en el nuevo “Love In Constant Spectacle” (Fire 2024). “Perfect” es mecánica, “Emotional Components” ensoñadora, “Motif” es folk acústico, “Is Metal” robótica de organillo, “Happineass Is Proximity” jazzy folk y “Love In Constant Spectacle” tiene la confidencialidad vocal de una musicalmente ex-gamberra como Eleanor Friedberger. Parámetros todos interpretables como los de Cate Le Bon, que tanto pueden arrimarse a lo díscolo como al mainstream. Y eso lo ha asumido muy bien John Parish a la hora de aportar sus dotes de producción seca pero contundente.

Estos saltos constantes que imposibilitaban su catalogación, subrayando más las tonalidades que el virtuosismo, resumen su validez en las dos últimas piezas pues en “Univers” incluso su dream –cósmico, sí- tiene un punto de frescura experimental. Y ese minuto cerrando “Family Of The Sun” es pura gloria.

«A La Sala» (Khruangbin)

Con un estilo muy personal, Khruangbin han desarrollado pequeñas variaciones dentro de sus límites –guitarra eléctrica, bajo de influencia dub y percusión seca con resonancias hip hop- en busca de puertas que abrir y poder avanzar. Sobre todo gracias a su amplitud geográfica de miras y a la versatilidad genética. Un poco como el comienzo de un chiste: ¿qué podrían hacer juntos un afroamericano, un blanco y una americana con raíces hispanas? Pues “A La Sala” (Dead Oceans 2024) no es lo que podrían hacer a tenor de su discografía anterior, sino precisamente lo que han conseguido por fin hacer.

El título del disco no es casual. El dispositivo moderno –tan hercúleo basado en la percusión como permeable a través de las resonancias del bajo y la capacidad de evocación de la guitarra- ha buscado la ambientación crepuscular aterciopelada. Las canciones siguen el patrón establecido de siempre –algunas podrían incluirse en disco anteriores, como “Todavía Viva”- pero con énfasis en la delicadeza. Así lo indica el cierre con “Les Petits Gris”, una “Farolim De Felgueiras” también sin percusión, o las melodías letárgicas dispuestas por Mark en “Three From Two” y “Fifteen Fifty-Three” jugando con los espacios. Incluso los cortes más `negros´ se tamizan adecuadamente, tirando al lounge (“A Love International”), al groove sedoso (“Pon Pón”) o a una acuarela funk (“Hold Me Up”). Y queda “May Ninth” como hito de suavidad deliciosa gracias al tratamiento vocal sweet soul.

No sé si “A La Sala” es mejor o peor que “Con Todo El Mundo” (2018), mi otro disco preferido suyo. Seis años después sin embargo la frescura de su propuesta llega con plenitud similar.

«Daniel» (Real Estate)

En los primeros acordes ya subyace la sensación de que Real Estate han llegado –por culpa de la pandemia o de la edad, a saber- a un acuerdo de paz con su música. Como diciendo: aquí queríamos llegar.

Algo, presente en muchas canciones de su nuevo disco “Daniel” (Domino 2024) destila madurez. Podrían haberlas atacado más nerviosos o adolescentes, con mayor dejadez indie. En cambio, se impone un aplomo que concuerda con la presencia productora de Daniel Tashian (¿es el Daniel del título?) y todo lo que su mochila Nashville conlleva. Acordes que se suceden prudentes e inexorables –la percusión es opaca pero incisiva-, a veces remachadas las acústicas con algún pespunte psicodélico de guitarra (”Water Underground”, o un pasaje de “Flowers” de destello recatado recordando una secuencia de Allman Brothers Band) o con slide.

No toda la crítica está tan de acuerdo con los resultados. A mí sin embargo me pueden el estado contemplativo –pero con un groove de la percusión exquisito- de “Freeze Brain”-, la matemática tan lánguida como gloriosa de “Airdrop”, el latido Feelies –no hay más que 10km de distancia entre Ridgewood y Haledon en New Jersey- de “Say No More”, y la simpática aportación de Alex Bleeker en “Victoria”. El pulso del grupo y de la ciudad suburbial sigue allí, esta vez con guiños velados a la americana. Vibrando.