«Sunday Morning Put-On» (Andrew Bird)

Cuando un músico goza de la compañía de dos gregarios que han aprendido a avenirse interpretando su música durante bastantes años, lógicamente puede atreverse a ampliar su exploración a diversos terrenos. Y, ya es sabido, pocos ganan a Andrew Bird –tal vez Ry Cooder- en obsesión exploradora. La percusión de Ted Poor y el bajo de ASlan Hampton combinan de maravilla, y poco esfuerzo le habrá costado a Bird para convencerles en recrear clásicos de jazz. Sobre todo porque la calidez de su voz y su violín saben llevar a su terreno con elegancia cualquier pieza musical a la que se enfrente.

El jazz exhibido en “Sunday Morning Put-On” (Loma Vista 2024) se centra en el minimalismo del género cuando se interpreta en un club pequeño lleno de humo a las tantas de la madrugada. Piezas ya conocidas en discos de otros como Cole Porter, Billie Holiday y sobre todo Chet Baker (¿qué pieza emblemática de jazz no tiene una versión de este último?), como “I Fall In Love Too Easily” o una excelsa “My Ideal” –el primero en popularizarla fue Maurice Chevalier- donde se deja escuchar a un sedoso Poor al vibráfono. También repasa la conocida “Caravan”, dejando su único tema propio –el instrumental “Ballon De Peut-Être”, de nueve minutos- para el final, fantaseando con su violín sobre un flujo rítmico muy bello. Como siempre con Bird, un placer.

Glass Beams

Segundo EP de los australianos Glass Beams, “Mahal” (Ninja Tune 2024) es el reflejo de la confianza puesta en ellos por Ninja Tune, confirmando las directrices de Rajan Silva, cuyo padre emigró a Melbourne desde alguna de las ex-posesiones portuguesas en India.

La mezcla de sus influencias resultaría sorprendente si antes no hubiesen existido Khruangbin, de cuya línea rítmica se aprovechan apostando aún más por lo instrumental, además de retazos derivados (como la intro flamenca en “Horizon”). De hecho el pulso de la canción “Mahal” merecería venir firmado por los tejanos, igual que la narcopsicodelia sideral, hipnótica y vibrante de “Orb”. Como muestra más pausada se muestra “Snake Oil”, mientras cierra en clave indostánica “Black Sand” (enseñando un poco por qué Silva alude a la influencia de la familia Shankar). Todas construidas sobre esta combinación de batería seca y bajo protuberante patentada por Donald Johnson y Laura Lee, lo cual deja un sabor de deja vu que espero sea pasajero y no condicione su escucha cuando se publique el primer largo.

«Sam´s Place» (Little Feat)

Algunos consideran que, antes ya de su muerte en 1979, la salida de Lowell George significó la extinción del espíritu de Little Feat, y que a partir de entonces se conformaron con gestionar su papel de buena/gran banda de rock sureño (siempre que el término también abarque las variantes de Louisiana/Nueva Orleans).

El caso es que solo permanece Bill Payne de la formación original, junto con Kevin Gradney y Sam Clayton (hermano de Merry Clayton que entró poco después como segunda percusión en 1972, y por fin a los 78 años asume el rol de voz principal), más el fantástico guitarrista y músico de sesión Fred Tackett incorporado al irse George. Tras larga ausencia, vuelven con “Sam´s Place” (Hot Tomato 2024), colección de clásicos de blues adaptados al engranaje pluscuamperfecto de esta banda acorde con su leyenda en términos de calidad. Sea en clave deep blues (“Milkman”, “Last Night”, con slides interestelares sobrevolando (“You´ll Be Mine”), bottleneck (“Long Distance Call”, con Bonnie Raitt), Blues/ dixie (“Can´t Be Satisfied”) o boogie (“Mellow Down Easy”), el repaso energético –y entusiasta- a composiciones de Muddy waters, Howlin´ Wolf, Little Walter y Bobby Charles resulta modélico.

«Here In The Pitch» (Jessica Pratt)

Todos los adjetivos descriptivos y/o elogiosos vertidos aquí en las reseñas de “On Your Own Again” (2015) y “Quiet Signs” (2019) pueden aplicarse perfectamente en la de “Here In The Pitch” (Mexican Summer 2024), el nuevo álbum de una Jessica Pratt que ha escogido los momentos de máxima inspiración -9 canciones, 27 minutos- para confeccionarlo. No sobra ni falta nada en este dechado de armonía y concisión.

De hecho, se ha de subrayar que no importa la falta de novedades estilísticas, sino la preciosa selección de unos temas que juntos forman un concepto sonoro. Tras el eco de clasicismo fifties del arranque con “Life Is”, la primera mitad se encuentra –“Better Hate”, “Get Your Head Out”- a medio camino entre la estructura Laurel Canyon y los matices de domingo matinal de neblina (mejor en la playa, tal como lo perciben los autores clásicos brasileños). Una cadencia que también puede evocar –“World On A String”- a una Nico nostálgica mirando el parque de atracciones de Coney Island cerrado durante el invierno.

Más dispersa en su ensoñación transcurre la segunda mitad, aunque Pratt sabe cerrar el círculo magistralmente –como si los primeros The Clientele entregasen un unplugged sixties- con “The Last Year”.

«Nonetheless» (Pet Shop Boys)

Ahora que lo pienso, he vivido más años con la compañía de la música de Pet Shop Boys que sin ella; la conclusión es un golpe bajo en toda regla. El tiempo pasa, y aunque la devoción mengua según los discos, cuando reaparecen con uno bueno todo vuelve a verse de color de rosa (aunque marchita, rosa al fin y al cabo).

Tal vez porque aquí recuperan los valores que les llevaron a la cima, estoy por decir que “Nonetheless” (Parlophone 2024) es su mejor álbum en este milenio. Porque tras cuarenta años aún son capaces de venir con un trabajo tan redondo y tan reivindicativo de su esencia. Primavera nostálgica, otoño lánguido, más los cócteles infalibles de estribillos inmortales (“Loneliness”, “London Boy”) en todo su esplendoroso glamour chabacano habitual (“Why Am I Dancing?”). Cuarenta años suministrando felicidad y ablandando corazones que creían cicatrizadas sus heridas. No falta el trazo singular tipo “West End Girls” (“Dancing Star”) ni el pulso seco (“Bullet For Narcissus”) ni el melodrama (“A New Bohemia”) ni la reflexión final (“Love Is The Law”). Tan marujos y certeros como cuando reinaban en este segmento del pop (aún hoy sin sucesores de su nivel).

Sobra decir que me han alegrado el año. ¿Y aún se preguntan por qué estoy bailando? Porque a los Boys se les baila hasta desfallecer. Hasta el último aliento. Hasta morir.