«Last Chance To See» (Salvia Palth)

Once años después de “Melanchole” llega “Last Chance To See” (Danger Collective 2024), nuevo álbum de Salvia Palth. Daniel Johann Lines ya no es un quinceañero jugando con tecnología de dormitorio a vestir las angustias propias de aquella edad. Adaptado a las nuevas directrices musicales sin embargo consigue mantener la melancolía aunque, gracias en parte a una percusión más madura –a cargo de Samuel Austin-, la cadencia y los sonidos llegan más `limpios´.

Con esta sensación transcurre “No Intro”, la primera canción. Después se reafirmará en el tono vocal gris trucado bajo un crisol instrumental colorido, ése que tanto puede venir de The Radio Dept (las melodías más esbeltas y prominentes de “Last Chance To See” y “Always Freaking Out” se benefician de cierto pulso New Order/The Cure) como de Car Seat Headrest (“How Many Will I Make” y su respirar anfibio de alquimia electroacústica). Y si en ocasiones el amasijo se torna espeso –“Best Friend On The Cross”-, a Daniel no le importa compensarlo un par de canciones después con un final de disco ensoñador con “Still I Struggle”, para convencer que ahora ya es un músico fiable. Que afortunadamente no renuncia –y aquí se ha de hacer hincapié en su recomendación de Teen Suicide en bandcamp- a una iridiscencia caótica, personal y adorable.

«Melanchole» (Salvia Palth, 2013)

Desde que la supervivencia del mundo de la música depende del universo digital, las redes sociales en muchos casos se han erigido en jueces del éxito de más de una grabación. No siempre con efectos inmediatos, de modo que trabajos de bastantes artistas han estado en barbecho durante años a la espera del momento para ser reivindicados. O simplemente su popularidad ha crecido a través de una cocción lenta.

Por ejemplo “Melanchole” (2013) de Salvia Palth, el alias de Daniel Johann Lines, un neozelandés que lo grabó –casi todo solo, salvo algunos tramos de percusión a cargo de Ike Zwanikken- entero con apenas quince años. Un dechado de –título explícito- melancolía adolescente lo fi confusa en el que conviven las incertidumbres de la edad –no sé, no recuerdo, no conozco, estoy así de frío, soy pequeño, soy viejo, no sé por qué estoy en este party, etc- con un sonido en forma de nebulosa. El dream pop en los límites de la consciencia de “I Don´t Want To Ask Your Father Or Anything” se ganó adeptos por la precocidad del protagonista, así como por saber estructurar lo onírico con cierto músculo en clave one man band, y “I Was All Over Her” incluso ha llegado a casi quinientos millones de streams. A la altura de “Like You Know I Get Old” el sueño deviene apocalíptico, mientras muestra que los instrumentales son parte de la clave de su discurso, con “Madison” (ambient con algún acorde pillado de la canción neozelandesa “Mary Mandull” de Madison.v) y la preciosa “(dream)”. “Girl” no hace más que subrayar una belleza real que surge de lo irreal desde los confines de las antípodas.

«Night Reign» (Arooj Aftab)

El nuevo álbum de Arooj Aftab se nutre de lo expuesto en los dos anteriores, “Vulture Prince” (2021) y “Love In Exile” (2023, junto a Vijay Iyer y Shahzad Ismaily). Muchos de los músicos presentes en ellos repiten en “Night Reign” (Verve 2024), y, en cuanto a expresividad, el impacto sobre el oyente es máximo.

Algunos detalles no obstante son distintos. El ambiente de recogimiento dulce en esta ocasión le debe mucho al protagonismo del arpa de Maeve Gilchrist, capaz de envolver la interpretación de la neoyorkina en un mantra de sosiego. En “Zameen”, en la combinación de piano y percusión –sí, en este disco hay percusión, y muy sugerente- de “Raat Ki Rani” con su final dando alas al contrabajo, o en la estremecedora –cuando su voz llega a las notas altas- estremecedora.

Cabe destacar que el álbum es algo menos étnico que los anteriores –no tan volcado a la cultura urdu y sufi-, lo cual se percibe en seguida con una versión del clásico de jazz “Autumn Leaves”, dejando además entrar elementos dispares, como a Moor Mother en una “Bolo Na” con un ligero perfume vocal trip hop, o que los músicos se suelten –sin pasarse- en la semblanza de improvisación de “Saaqi”. Siempre buscando combinaciones exquisitas para que ella reparta solaz su espiritualidad litúrgica.

Small Town Jones

Hace muchos años que Jim Jones trabaja como Small Town Jones (acompañado los últimos por la guitarra de David Little). Americana con humedad británica desde Devon, que ha aprovechado los estudios de Peter Bruntnell allí aunque el penúltimo “Freight Ships” (2022) se grabó en Texas.

“Kintsugi” (Broken Sea 2024), el quinto, ha vuelto al redil con sus composiciones tristes inspiradas en el trabajo de Jim con los jóvenes díscolos en The Devon Youth Justice Service. Se mueve en la franja de americana amable agridulce, donde la inmediatez (“We Alive”, “Castaway”) se combina con cierta acritud liviana aunque conmovedora (el hermoso peso de las guitarras de “Evening Glow” y “Safe In Sound”) y apuntes de acústica frágil (“The Mist And The Light”). Con una dignidad encomiable desde los márgenes más modestos del mercado, sin grandes aspiraciones artísticas –ni hay material ni predisposición para jugar en una liga como la de Wilco- pero con muchas ganas de conectar con el espíritu musical de las gentes sencillas, las que pagan una pequeña entrada –o un par de pintas- en un pub de pueblo para disfrutar de una velada cálida. La música que pervivirá cuando la civilización colapse.

Zach Bryan

Un muchacho de provincias –aunque nació en Japón, se crió en Oklahoma-, Zach Bryan, se enrola en la marina con 17 años, y allí empieza a componer canciones y a subirlas a youtube. Del principio titubeante –pop, synth- pasa a un tipo de americana patriota, firmando por una multinacional para un tercer álbum ya dotado de todos los condimentos necesarios: amores de carretera, alcohol, bares, apuestas, tú y yo contra el mundo, policías en carreteras solitarias, etc. El videoclip de puestas de sol de “Something In The Orange” (2022, junto al texto –excelente verso: to you I´m just a man, to me you´re all I am-, fue determinante, así como el acompañamiento de Kacey Musgraves el año pasado en “I Remember Everything”, muy inspirado en el Springsteen de “Nebraska”.

La influencia del boss es tan capital que el cuarto álbum “The Great American Bar Scene” (Warner 2024) cuenta con su colaboración en “Sandpaper”, donde por cierto brilla más la voz del alumno que la ya algo mustia del maestro. Zach se ha acostumbrado a ver su nombre en los créditos junto a famosos –Maggie Rogers, Bon Iver-, así que no es de extrañar la presencia de John Moreland (“Memphis; The Blues”), Noeline Hofmann (excelente “Purple Gas”) y John Mayer (“Better Days”), aunque siempre pesa sobre todo el discurso de un autor que prioriza –o así nos lo vende la discográfica- el sueño americano. No en vano lo publica un 4 de julio.

Su manejo de country, folk y rock mantiene un carácter rústico y sin arreglos suntuosos, hogareño, que huye de la fórmula clásica de Nashville, con fuerte sabor a proximidad. Muchos nombres de lugares -ya en las cuatro primeras cita a Carolina, Oklahoma, Chicago, NYC, Texas, Filadelfia, Cheyenne y Boston- y muchos nombres propios protagonizando historias que rivalizarían –perdiendo, eso sí- con las del Bruce de los 70, pero con una llegada similar al explotar las raíces musicales en clave cantautor (en la canción “The Great American Bar Scene” se menciona “State Trooper” y “Hey Porter”, toda una declaración). Sea en clave acústicas sentidas (“Boons”), con intensidad subrayada por la armónica (“Pink Skies”), excursiones de fe (“Towers” y el coro gospel) o con tics familiares (el estribillo de “28” es puro Manchester Orchestra), el caso es que suena emocionante desde la introducción en “Lucky Enough” con un poema sentido donde fija con romanticismo las bases del gran sueño americano en libertad. En año electoral.

I´d say I don´t miss you but I hate a liar (“The Way Back”)

Who I was, who I am, and wich one´s right (“Bathwater”)