«Fata Morgana» (L´Rain)

Poco a poco Taja Cheek ha ido perfilando un universo donde zambullirse, con un afán de experimentación digital capaz de construir estructuras de sonidos mayormente plácidos en su cuarto álbum “Fata Morgana” (Mexican Summer 2026) sin sucumbir a la comodidad. Un juego de espejos y luces tintineando sin dejar fijar la imagen sonora durante un tiempo prudente, con la mutación permanente como prioridad.

Se aprecia con prontitud, cuando el marco inquietante de piano creado en “Rumors Of Light” se expande sinfónico para dejar paso a la liturgia fragmentada electrónica de “With Time” en pos de un limbo sónico. Cuando la melodía deliciosa que flota con aire pop por las ondas electrónicas de pronto se revuelve en formato dancehall (“July 5th”), se aclara la intencionalidad, y a partir de allí renunciamos a inquietarnos ante cualquier sorpresa para dedicarnos a absorber el mensaje. Está en el fingerpicking anfibio abriéndose a un universo poliédrico en “NBorderline”; en las pulsaciones electrónicas sensoriales con ascenso pronunciado celestial en “Elmyra”; los reflejos de la bóveda de cristal de “Glass Ceiling”; el cierre del círculo psicótico de “Soulless Cycle”; o el cierre con el universo onírico de “I Remember” desarrollado en clave balada en “Birthday” que también deviene sinfónica.

Un mundo sugerente que en ningún instante repele sino que atrapa, aunque también es cierto que costará volver a él a menudo. Para momentos especiales.

Lex Walton

Después de una serie de grabaciones caseras, Lex Walton presenta su primer trabajo para una discográfica seria, “ULTIMATE LOVE FOREVER” (Sub Pop 2026), sin perder esa pátina lo fi que le da credibilidad ni la irreverencia –publicó una pieza de dos minutos dos meses antes, “Nu Jerusalem (Democracy Manifest)”- con actitud queer/trans, solo tres semanas después de saberse que figuraba en la gestación del disco de Prairie Princess que -al igual que la productora Alice Cohen- por cierto participa a la percusión.

No son las únicas invitadas mencionables. Está Sarah Neufeld de Arcade Fire al violín, así como Emily Green y Sam Revaz de Geese. Pero quien importa realmente es Dan Boeckner coproduciendo, pues le inyecta a su punk-glam de tintes violentos una voluptuosidad primaria digna de sus días en Wolf Parade y Divine Fits, justamente lo que precisa un disco de siete canciones que no llega a los veinte minutos. Proto punk trash (“Yr Op-Ed Won´t Get You Into Heaven Anymore”) con ribetes de british glam y chirriar glorioso (“Hipster Runoff”), ambiente slacker con deje Ezra Furman (“I Wish I Was An M80”, donde aparece Sloane McCarthy, también en nómina de Prairie Princess) e incluso cachos de jangle encriptados en suciedad garage para descacharrarse (“Ultimate Love 4Ever”). Una pedrada divertida y provocadora.

Prairie Princess

Emerson Borakove, nacida en California, criada en Nebraska y conectada a bandas tipo Black Coutry New Road y Geese gracias a otros proyectos colectivos como Untitled Noise Night, debuta con el ambicioso “Jewish American Prairie Princess” (2026), cincuenta minutos y diecinueve canciones firmadas como Prairie Princess junto a Lex Walton –con quien comparte otra banda, Small Womens-, Sloane McCarthy y Rhea Freed.

Mayoría predominante de composiciones cortas, muchas de ellas asociadas a varias formas de folk –también free-, algo de country, y actitud insurgente alternativa versando sobre deseo y amor. Las piezas que rondan los dos minutos –o menos- tienen textos veloces y embarullados, y cierta actitud punk, aunque también pueden ofrecer pasajes campestres como “Powerline”, “Bo Peep” o la deliciosa “Even When I Die”, así como algarabía con violines, clarinetes, celos, trompetas, etc (“Emerson´s Foursome Story”).

Las tres largas –rondando los cinco minutos- son las que se alejan del patrón alocado: una “Hold On To Me” reflexiva finalmente catártica, la más densa y noise “Jack Harlow Meal”, o “One Lane Highway” con entonación tipo Will Oldham y texto sobresaliente (a cop is a man who kills for a career, a soldier´s a man who kills out of fear). Tremendamente locuaz, Borakove nos introduce en su universo peculiar, reconociendo finalmente que todos cantan para viejos amantes: that´s what the songs are for.

«Say A Prayer To The Gods Of Getting Going» (Squirrel Flower)

El buen sabor de boca dejado por “Tomorrow´s Fire” (2023) ha contribuido a que Ella Williams prosiga por la senda eléctrica abierta y repita productor con el muy laureado Alex Farrar, quien adapta sus preceptos característicos galvanizados en sus estudios de Asheville –inyectar óxido eléctrico a música con raíces- a los versos de una cantautora asentando su cosmovisión viajera al mapa de Norteamérica. Gracias a él y a músicos como Andy Krull (ya conocido en el último de Ratboys) se magnifican las rugosidades de “Say A Prayer To The Gods Of Getting Going” (Polyvinyl 2026) y también sus momentos más vulnerables.

Tras empezar con una plegaria eléctrica catártica (“Say A Prayer To The Gods Of Getting Going”) que suena como rezar ante la pira funeraria del apocalipsis, la densidad de romanticismo noise de “Cleveland” –ese fervor de los decibelios- y el folk trucado con tensión eléctrica de “Not Me” cuentan con la presencia de Dimitri Giannopoulos (del grupo Horse Jumper Of Love), dejando caer todo el peso dramático de “Helicopters” al estilo “Knockin On Heaven´s Door”.
A partir de la mitad del disco, las acústicas se abren paso. “Highway Woman” expone en la trastienda el chirrido del escozor y la herrumbre con una vulnerabilidad tan sentida como a la par fortalecida. “Reelin” discurre gloriosa, “Foot Thick Ice” arranca sedada pero finalmente se enciende y, tras el huracán eléctrico de “Sick Tooth”, remachan el fingerpicking pacifista de “Fought A Hornet” y el de “Weightless, Untethered”, supurando soledad en ruta –y englobando el título del álbum- como punto final magnífico.

Say a prayer to the Gods of getting going
Say a prayer to the Gods of standing still

«The Singer In My Band» (This Is Lorelei)

Las decenas de grabaciones alternativas de Nate Amos como This Is Lorelei nunca habían rebasado el ámbito regional, y tuvo que ser su participación en el proyecto experimental/divertido Water From Your Eyes lo que hizo al público fijarse en su pasado.

Ahora, tras “Box For Buddy, Box For Star” (2024) y “Holo Boy” (2025), demostrando que a veces los cambios de orientación funcionan, Nate se ha dejado llevar por los genes –su padre es Bob Amos, conocido entre los fans de bluegrass- y publica “The Singer In My band” (Matador 2026), un trabajo muy influido por el country de un modo que parece tangencial pero dotado de sus cualidades esenciales (un poco como Kevin Morby alejándose del campo magnético de Woods). Parece aplicar la fórmula sin titubeos (“I Will Eat My Heart In The Morning Light”) pero pronto muestra detalles originales y seductores en “Oh No Now My” (pulsión, guitarras tensas confrontadas a otras de talante psicodélico, etc) combinados con melodías de jangle (“Billy Came Back”), trote fácil con guitarra sabrosa (“And I Haven´t Seen My Love In Quite A While”), acústica rancia con cuerdas (“Hey Sarah Is It Gonna Rain Forever”), final de cantautor rugoso (“Don´t You Cry In Lonesomeness”), rock con raíces nobles (“The Kid With The Crown”) e incluso detalles étnicos (papá Bob tocando el banjo en “The Singer In My band”).

Lo que no obstante prevalece es la aproximación al género desde una perspectiva actual, con el punto purista estrictamente necesario pero con las resonancias que se llevan en un entorno urbanita –su origen en Brooklyn- mucho más abierto que el clásico de Nashville.