Telekinesis

Pop de guitarras parido en el garaje de casa de papá. Otro submundo con vida propia. Desde que a remolque del embrión punk, allá por 1975, las provincias norteamericanas –el término estado es demasiado cosmopolita para el ejemplo- produjeron una nueva corriente mezclando la actitud instrumental en boga con estructuras de pop de escuela Beatles primerizos, no han parado de surgir grupitos con su manojo de canciones de tres minutos repletas de estribillos estivales que ya te han enganchado sin haberlas terminado aún de escuchar por primera vez. Las ha habido de distinto pelaje: con más nervio rock & roll, con mejores armonías vocales, con o sin teclados, hace tres décadas o anteayer. Llámense The Posies o The Little Ones.

Ahora mismo disfruto de un álbum menor publicado hace meses, el primero homónimo de Telekinesis, cuyos estribillos me lo están haciendo cada día más grande. Nada del otro jueves exceptuando su deliciosa intrascendencia. Mezclan instrumentos sin decantarse por una misma fórmula –ni vulgar ni original-, exponiendo la melodía en primer plano –Fountains Of Wayne en la memoria-, desengrasando el estereotipo musical de Seattle con una producción diáfana de Chris Walla (Death cab For Cutie). Y ojalá su pop hiperventilado consiga más que esos doscientos incondicionales –entre amigos y familiares- que abarrotan las tres primeras filas de conciertos de este tipo, ahora, mañana o dentro de unos años: la ventaja de estos fogonazos de “Telekinesis!” (Merge/Morr 2009) es la nula fecha de caducidad. Son atemporales.

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