2023: cabos sueltos (19)

“Roach” (Miya Folick). Lo reconozco; escuché su disco anterior mucho más de lo que pensé la primera vez. Y lo mismo está sucediendo ahora por motivos distintos. Más expansiva y madura, combina lo lento y lo rápido reflejando su estado de ánimo con arrastre subterráneo seductor. “Bad Thing”, coacreditada con Mitski, es un ejemplo. “Nothing To See” viene producida por Andrew Sarlo, “Ordinary” con Gia Margaret y “So Clear” con Mark Hershenow. Esta última dispone de un beat rápido, y “Get Out Of My House” más rápido aún. Pero no desmerecen “Mommy”, retrato de sus padres con gran estribillo, o una lenta y sentida “2007” que desgrana su inseguridad.

“Sorry I Haven´t Called” (Vagabon). Este disco lo escuché por primera vez en la oferta musical de un vuelo de Qatar Airways, y me sorprendió. Primero porque no es artista que esperase encontrar en su selección, y segundo porque en realidad su inmediatez y afabilidad sí era óptima para pasar las horas allá arriba. Luminosidad gracias a la presencia coproductora de Rostam –Vampire weekend- que no solo saca brillo a lo obvio –el beat africano de “Carpenter”, el autotune + house de “You Know How”, el drum n bass de “Do Your Worst”- sino a lo aparentemente tibio, y sobre todo consigue, gracias a su talento, que los ritmos banales de siempre pasen desapercibidos debido a –véase “It´s A Crsis”- detalles exóticos. Podría haber sido mucho más triste por culpa del fallecimiento de su colaborador Eric Littman (también de Julie Byrne).

“Barefoot On Diamond Road” (Amber Arcades). A Annelotte le han hecho un traje nuevo para vestir sus canciones. Básicamente ornamentos electrónicos en vez de instrumentos de pop clásico. Suena más etérea en su nube digital, aunque no renuncia a derivar la quietud a tramos más pesantes y dramáticos (“Contain”, “I´m Not There”). Como contrapunto humano, trabaja la arpa y el celo, y sobre todo, aunque no en primer plano, enriquece el conjunto con bastante slide y pedal steel, hasta colarlo como acuarela liviana.

“Crux” (Glasser). Quienes disfruten de los tramos más amables de Björk combinando ambientes de tecnología puntera, ritmos de precisión cortante, teclados regios y voz celestial, encontrarán en Cameron Mesirow el paliativo. Diez años transcurridos desde el segundo álbum, desplegando ahora arreglos rítmicos que tanto pillan del tribalismo digital como del drum n bass, aferrados sobre sintes rígidos. En “Vine” se percibe cierto orientalismo, en “Mass Love” son las cuerdas las que contribuyen a que su voz enamore, mientras éstas en “Thick Waltz” se arriman a un arpa que más bien busca la resonancia de la kora. La más solvente es “Easy” con su plenitud melódica. El futuro y los ancestros buscando encontrarse en un punto intermedio de exotismo calculado.

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