Primavera Sound 2013, sábado

Primera hora con sorpresa. Llegué al auditori pensando más en apoltronarme mullido que en escuchar los instrumentales pacíficos de Pantha Du Prince, y de pronto me encontré inmerso en uno de los fregados más absorbentes del festival. El montaje consiste –de ahí el nombre Pantha Du Prince  & The Bell Laboratory– en un escenario dispuesto a modo de taller de cocina donde cada músico, vestido con delantal y pulcritud germánica, se encarga de un mueble agrupando una serie de instrumentos –por llamarlos de algún modo: campanas, cacerolas- similares aunque de tamaños ordenadamente distintos. Parten de un sonido percusivo metálico cualquiera –un triángulo, unas campanillas- y van adentrándose pausadamente  en las vísceras del ritmo. Tan bailable como el house, pero en un marco sobrio como el auditori donde incluso el zumbido de una mosca puede convertirse en música. Una chica se levantó del asiento y se puso a bailar, con toda la razón: aquello era irreprimible. Y la siguieron unas cuantas más entre la apoteosis final. Como el principio, la ambivalencia entre la delicadeza, la ceremonia y el éxtasis derribó cualquier defensa. Todos de pie aplaudiendo lo inaudito.

Después del chute, casi apetecía más comentar lo visto que seguir olisqueando bandas. Una ojeada a las buenas maneras nacionales –me gustó el boogie que escuché de Guadalupe Plata, así como la solidez de Extraperlo– en espera de la Orchestre Poly Rythmo De Cotonou, uno de mis platos esperados. Y es que, desde el triunfo de Afrocubism el año pasado, la presencia de una buena banda africana de baile garantiza un rato de sana diversión, a la vez que quita hierro a toda esa aureola modernista que rodea un evento de la magnitud del Primavera Sound. Vacilones ellos, sin prejuicios de edad, te atrapan en su telaraña rítmica festiva consiguiendo –cosa rara- que te quedes hasta la última pieza. Alegría, sensualidad, y la certeza de lo mucho que se consigue anteponiendo la naturalidad. La voz cantante no necesitó más que una palabra en castellano para hacérnoslo entender: ¿quieres salsa? ¿quieres Poly Rythmo? ¿quieres afrobeat? Como en uno de los momentos trascendentales de la vida, solo cabía una respuesta. Sí, quiero.

La incógnita que yo quería despejar acercándome a ver el set de Melody Crochet, la francesa que opera con el nombre de Melody´s Echo Chamber, era si la acompañaría en escena su protector Kevin Parker de Tame Impala. Pues no, aunque quienes lo hicieron  respondían a las mismas características de beats cargados de reverberación marca Fridmann, solo que llevados al pop (¿recuerdan al Ed Harcourt primigenio?). Melody desplegó toda la femineidad que conlleva la denominación de origen gala: voz susurrante –como la de Laetitia Sadier de Stereolab– sea cual sea el background, y un aspecto de lo más chic. De hecho, lo que más me fascinó fue su blusa.

También magnético era el look de la cantante de Bored Spies, formación asiática que –me entenderán quienes hayan asistido a conciertos en el sudeste de aquel continente- emula con disciplina el espíritu sonoro occidental pero, quizás debido a su manera de entender la música sobre el escenario –el público allá también- es excesivamente estática. Todo lo contrario al entusiasmo de Mac DeMarco, aún mayor que el expuesto en “2”. Simpático e intuitivo, puso en marcha esos resortes  -la militancia de encender un cigarrillo, el contraste del stage dive sobre fondo musical relajante- que dejan buen sabor de boca. Parafraseando pues, las estrellas están llamando su nombre.

Dos canciones de Hidrogenesse bastan para certificar su astucia. Discretos como siempre –de plata y fucsia para la ocasión-, desplegaron su electrónica de caja de ritmos con humor y con el fondo de imágenes apropiado. Yo sin embargo soy más de Antònia Font. De ese rock insular con imaginario propio. De esos estribillos tan naturales que, cuando brotan por entre los arpegios de Joan Miquel Oliver, te abrazan y te hacen sentir menos perdido. Tómese su música como una celebración musical. ¿Qué celebra? Quiero pensar que, al igual que la música cuando surgió en los albores de los tiempos –me resulta díscolo hablar del pleistoceno cuando ellos hablan de robots inocentes-, celebra el simple hecho de estar vivos. Por algo los de Pitchfork pidieron acogerlos en su escenario.

Doce años hacía que Camera Obscura no tocaban en el Primavera Sound. La versión menos excéntrica de Belle & Sebastian sigue sin más competencia en esta franja de mercado que la de Allo Darlin´: pop tan simple como eficiente, directo a la vena. Sin embargo Traceyanne Campbell no esbozó mueca alguna de alegría, y quiero pensar que la climatología adversa –tal vez un resfriado- la mostraban con más ganas de terminar el concierto que de agradar. Me quedo con el título “Let´s Get Out Of This Country”. ¿Cómo se dice corralito en inglés?

Pensé que llegaría a paladear un poco de Nick Cave, pero solo escuché un minuto de órgano y un thank you very much, see you again sometime. ¿No deberían cabezas de cartel de semejante peso estirar algo más su repertorio? Tampoco Phosphorescent pasó de los tres cuartos de hora contractuales. Su cambio de orientación hacia lo electrónico en “Muchacho” es más aparente que real. Lo demostró en un tema: con solo aparcar su guitarra es suficiente para que los teclados se apoderen de su sonido. Terminó con la larga y solvente “Los Angeles”, canción que podría alargar una hora sin aburrir. Dicen que me perdí lo mejor, Dexys. Otra vez será.

 

Un comentario en «Primavera Sound 2013, sábado»

  1. Seguro que te perdiste lo mejor, Dexys. Yo su disco ya lo voté como el mejor de 2012 (supongo que por eso cada vez me hacen menos caso): una rara especie de nostalgia que sirve para coger ímpetu hacia adelante… y el sentido del humor, y la generosidad del espectáculo… a mí es un grupo que me llena como pocos. Un abrazo desde la meseta, David.

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