Primavera Sound 2015, jueves

Mi primera jornada ,como siempre, se planteó en modo rodaje. Nada más bajar al epicentro del recinto, veo a los murcianos Perro complacer a sus seguidores con “Reina De Inglaterra” mientras felicitan al paisano Chiquito de la Calzada por cumplir 83 años. Contundentes, sin rodeos, y mostrando dotes de sugestión cuando recurren al pulso alemán. Sin ánimos de emprender andaduras en horas tan tempranas, descarto subir al auditori para ver a Panda Bear -a pesar de su gran disco- teniendo a pocos metros a los catalanes Ocellot. Curiosamente podrían recordar la euforia de Animal Collective en algunos fragmentos aunque se les ve igual de cómodos arropados por bases synth pop con ecos de nuevos románticos post Human League. Me gustó algún estribillo tipo Empire Of The Sun y no me sedujo el guiño de electrónica space rock.

Los grupos que tenía asignados para reseñar esta jornada tocaron casi en la misma franja horaria. La decepción inicial de Hiss Golden Messenger se tornó admiración al cabo de cuatro temas, cuando me rendí a su versión en formato festival -otra cosa sería haber ubicado su telaraña acústica habitual en el auditori- y empecé a degustar la solvencia de una banda americana compacta que no pretende estirar sis raíces hasta reventar -como Endless Boogie– ni tiene melodías diáfanas para engatusar -como My Morning Jacket– ni las texturas envolventes e hipnóticas de otros colegas, pero que, a través de la voz nasal desgranada bajo el bigote y las ray ban de MC Taylor, mostraron la profesionalidad instrumental de la que carece el 80% de los músicos participantes en el festival. Solo hacía falta asomarse al set de Twerps para comprobarlo. Todo lo escrito en la reseña de “Range Anxiety” hace un par de meses sigue vigente para describir su momento. Se les veía tan felices ante la numerosa afluencia que no dudaron en hacer fotos…para mandarlas a sus madres.

Personalmente el que más me impresionó fue el tercero, Benjamin Booker, fiel al ideario de rock & roll visceral esgrimido en su álbum homónimo. No engaña -negro, de Louisiana, con esa voz roñosa que multiplica su efecto si la apura- pero además en directo ofrece elementos subliminales interesantes, como el juego del color de la púa de la guitarra con las zapatillas -rojo- o esa mirada de truhán embaucador contrastando su manera de cantar con la suavidad con que presenta las canciones. O los dos cigarrillos que fumó en menos de tres cuartos de hora. Desaceleró a mitad de la actuación para soltar, entre otras, su pieza más sentida –“Slow Coming”– y se marcó un paréntesis appalachian -violín y mandolina contrastando con la entonación etílica- en el que dejó mover su cuerpo como si estuviera a solas en el patio de su casa. Dejó para el tramo final los temas insignes del disco, como “Wicked Waters” y “Violent Shiver”. Solo le faltaron tablas en la elección de los tempos para cerrar su performance de modo estelar.

En el camino, entre Twerps y Booke, pude probar bocados de Cheatahs, intensos pero vocalmente planos y sin matices, entre el shoegaze, Kitchens Of Distinction y andanadas de los Horrors iniciales; y Viet Cong, promesas que no me atrevo a juzgar con solo dos canciones donde destacaban las notas altas de bajo y las espirales de guitarra tipo Bloc Party con voz más animal. Seguiré sabios consejos y escucharé detenidamente el álbum.

La segunda parte de la velada, con los deberes ya hechos, prometía mayor flexibilidad. Seguí en clave rock,al girarme y encarar el escenario donde The Replacements proponían uno de los retornos esperados. Aguanté media hora, un poco enojado ante el sinsentido más allá de las arrugas. En su tiempo fueron un grupo trascendente con cierto compromiso, aquejados por las constantes derrotas que les infligía el sistema, y ahora me llegaban los temas con el grado de trascendencia mínimo de por ejemplo unos Status Quo, sobre todo al ver que los neófitos los percibían como otra banda para bailar y pasarlo bien (con incluso alguna licencia en forma de versión de The Jackson 5).

La suerte se alió para poder disfrutar sentado en la grada confortablemente -desde lejos, eso sí- de las estupendas composiciones de Mikal Cronin. Sin demasiado público al principio, el espacio se fue llenando a medida que finalizaban otros escenarios y/o Mikal desparramaba sus melodías. Destacaron por supuesto las de “MCII”. Lástima que semejante brío sonoro no obtuvo la complicidad de unos músicos estáticos. Pasé de refilón por Spiritualized, pues la ver que estiraban demasiado un tema -coros vestidos de blanco como vestales- en clave de gospel psicodélico, opté por algo más dinámico. Bajando las escaleras tenía a un lado a Brand New y al otro a Tyler, The Creator. Los primeros, con sus himnos de punk catártico, contaron con el entusiasmo de una parroquia foránea absolutamente entregada. En cuanto a los vecinos de hip hop, lástima que el escenario Pitchfork no tenga pantallas para apreciar mejor los ires y venires de los Mcs. Bases duras, y tirando bastante del cliché del estilo: alusiones sexuales, everybody hands up y -aunque no debiera ser así cuando de textos reivindicativos se trata- predominio de lo físico sobre lo psíquico. Poco importa al que puede pagar una entrada del Primavera la situación de las comunidades marginadas en las urbes norteamericanas: a bailar, a fumar y a follar, que son cuatro días. La inclinación de Chet Faker por los beats sintéticos, secos y vibrantes, directos a las partes del cuerpo que no inducen a pensar, alentó mi reflexión.

Este sentimiento no se desvaneció del todo entre la muchedumbre congregada ante The Black Keys. Allí, en medio, rodeado de corrillos charlando, creí escuchar que uno de los músicos era el mismísimo Richard Swift. Pero esto al resto de los miles de personas presentes les daba igual. Aparentemente, lo reconozco. Porque, cuando conocían una -caso de “Lonely Boy”– dejaban la cháchara durante tres minutos para volverse todos locos bailando. Es lo que hay.

Y que siga habiendo. Me da un poco igual no poder escuchar a The Black Keys en el entorno adecuado si gracias a cabezas de cartel como ellos pueden sufragar a todos estos artistas humildes menores que nos deleitan antes de las once de la noche. No nos engañemos. Los amantes de la música no compensamos la inversión necesaria para rentabilizar el Primavera Sound. Son los que se vanaglorian de asistir al evento quienes ayudan a amortizarlo.

 

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