Primavera Sound 2016

Anómala, en el plano personal, esta edición del festival. Una fascitis plantar y un espolón tuvieron la culpa, mermando el radio de acción y optando por los escenarios más cómodos y colindantes.

Arrancó la excursión el jueves con la presentación en el escenario Firestone de Beach Slang. Andaban sobrados, pues prolongaron su tiempo doce minutos, estorbando en parte a la gradería cercana que escuchaba sentada los crescendos de The Autumn Comets. En el auditori, Andy Shauf se esforzó por demostrar las esperanzas depositadas en él y en su álbum “The Party”. La melena lacia le hace parecerse de lejos a J Mascis o Kevin Parker, pero está en las antípodas musicales. Mezcla la dulzura de la brisa californiana -tipo tono nasal Stephen Bishop y otros cantautores seventies-, en esta ocasión limitada al formato de cuarteto básico, con inquietudes de intimismo minimalista en contraposición al disco. Parece que está a punto de dar con lo que andaba buscando, como el Andrew Bird del periodo “Weather Systems”. Enganché al salir un par de canciones de Cass McCombs, arregladas para un formato que no parece ser el suyo: otra cosa hubiese sido escucharle en el auditori.

Muchas expectativas ante la presentación del nuevo álbum de Car Seat Headrest. Esto supone un escenario limitado como el Pitchfork petado a las siete de la tarde con más gente hablando que escuchando. El grupo de Willy Toledo, amplio de miras en cuanto a influencias, tan pronto evoca la época Velvet Underground/Doors/Black Sabbath como rinde homenaje a Radiohead. Al final un mozo me pregunta -la pregunta del millón- si me han gustado. Estaba consternado porque la huelga de metro le había hecho llegar tarde.

Fantástico Destroyer arropado suntuosamente. El contrapunto de su semblante de Cohen comatoso -apoyaba el brazo constantemente en el pie del micro a media altura- contrastaba con el esplendor de la banda y la grandeza de las piezas. Dan Bejar es amor desaforado a regañadientes. De Suuns, a través de un par de canciones de ritmo mazacote, deduje que no son tan experimentales como los venden: Spoon lo hacen mejor. En cambio me pareció excelente la oferta de Explosions In The Sky. Superan el estigma de versión gringa de Mogwai, tiran de oficio con desarrollos largos y arpegios emocionalmente piadosos pese a la descarga. Sí, todo explota en un momento u otro, cuando encuentran la belleza que buscan. Post rock elegíaco.

Mientras deambulaba por el recinto, me crucé con alguien que vestía una camiseta: Lord forgive me for my synths. Quizás la debería llevar puesta Kevin Parker. O no. Por un lado tenemos el grandísimo “Currents”, que olvida la psicodelia de guitarras de Tame Impala para adentrarse en el maravilloso mundo de la melodía pura (sí, siguiendo con las melenas, ahora puede ser comparado a Todd Rundgren) de la mano de ritmos monolíticos, base del repertorio actual: un placer contemplar la cantidad enorme de chicas extasiadas coreando sus estribillos. Sin embargo aquello no sonaba a grupo de rock sino a poco menos que un karaoke o un concierto del Sonar con los músicos manejando sus laptops. Incluso tuvieron que parar casi un cuarto de hora por problemas técnicos durante “Eventually”. Escuché a mis espaldas Parker, te has vendido a la MTV, mientras al otro lado un aspirante a semental discutía con dos hembras si se follaba mejor con o sin música. Y yo, estúpido de mí, pensando que la principal función de la música es ser escuchada, estrujado en un espacio con más presencia de sementales que melómanos. Al menos en los escenarios grandes, pues ya es de dominio común que la chicha del evento se encuentra en los pequeños. O en el auditori donde, te guste más o menos el músico de turno, ningún corrillo salvo excepciones fastidia la percepción del sonido.

La reconciliación de la noche llegó con Mbongwana Star. Los africanos -en este caso congoleños urbanos: nada de koras campesinas del Sahel– son maestros en combinar la parte física de la música -mensaje dirigido al semental- con la auditiva. El guitarrista disparando en combate ráfagas lacerantes para ensalzar la felicidad promulgada desde las sillas de ruedas por sus dos veteranos líderes que, no podía ser de otro modo, acabaron con una rumba. Lástima que optasen más por la vertiente rock que hurgar en la combinación extraordinaria de ritmo obsesivo, electrónica modesta y luminosidad del continente negro (la “Suzanna” del disco y la del directo tienen poco que ver). Aún así, impagables.

La tarde del viernes empezó estupendamente con Richard Dawson, un geordie atípico que combina el talante folk local -la voz con o sin micro, sutilmente política- con un estilo tosco de guitarra, fuerza expresiva y un humor capaz de entretener a miles de atentas personas, demostrando que cualquiera puede conseguir algo personal si le echa imaginación. En cambio -tras escuchar un corte de bossa británica a cargo de Ben Watt me pareció Alex G, arropado por un grupo de amiguetes de Pennsylvania -Title Fight si entendí bien-, demasiado plano. Aunque nuestro vuelo sale tarde, ojalá pudiese ver a Sheer Mag, lamenta Alex.

Conseguí llegar por los pelos al último tema de Moses Sumney, que terminó un cuarto de hora antes de lo previsto -voz fantástica, como un Bobby McFerrin respaldado por su portátil- antes de volver al mismo escenario para ver a Steve Gunn, quien ha dejado a un lado las sutilezas acúsiticas por el sonido de banda americana de su nuevo disco “Eye On The Lines”. Por su parte, las dos canciones que no me perdí de Nao la proyectan en la frontera difusa que separa las tendencias del mainstream.

Tim Gane, el estratega del sonido de Stereolab, se sumerge en el universo de la vertiente instrumental germánica de éstos con la banda Cavern Of Anti-Matter, explorando todas las variantes. Un non stop rítmico con teclados y programaciones dotando de personalidad propia cada composición, sea motorik o Moroder. Más groovy en el sentido Neu! que contemplativo, aunque con concesiones melódicas puntuales para compensar la falta de tonadas.

La estocada me llegó con Radiohead. Andé y andé en busca de un lugar para disfrutarlos. En vano. O te apretabas o caías en terreno de los corrillos que no callan. El corazón palpitaba al ver reivindicado -mientras vagaba cayeron “No Surprises” y “Karma Police”– por fin “OK Computer” desde el seno de la banda, pero algo me decía que debía escapar de allí. Resultaba incómodo identificarme con lo mastodóntico del acontecimiento; aguantar todas las incomodidades para al final tampoco poder disfrutar de las delicatessen musicales. Pasé por Royal Headache para cicatrizar parte de las heridas gracias a su modestia austral. Y me cercioné de la decisión cuando intentaba alcanzar los peldaños de la grada para bajar Animal Collective y no podía entre la marea humana. Media vuelta y a casa. Con dolor en el pie y en el alma. Más pragmático sería renunciar a la jornada del sábado, aunque no podía por motivos profesionales.

Al día siguiente, en un vagón del metro, un violinista mayor me deparó unos segundos de música majestuosa. Aquel violín me pellizcó la conciencia. Los cuarenta céntimos que le di, lo que llevaba suelto, eran una miseria comparados a lo que acababa de escuchar. Porque hay músicas a las que aún ningún abono de 175 euros puede acceder.

 

4 comentarios en «Primavera Sound 2016»

  1. Los peores corrillos se formaron en el concierto de Beirut, me tuve que ir antes de convertirme en un Dexter festivalero.
    Mención de honor para Viva Belgrado, el viernes en el Adidas, repartiendo bofetones hardcore con energía y clase para dar y tomar. «Al pot petit…»

  2. Un buen amigo a los festivales los llamaba «tocaderos», y pese a los esfuerzos en la programación del Primavera, no deja de ser un evento de manada.
    Y por cierto, Mordoh, a tus años: Con Radiohead, ¡»anduve y anduve»!

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