Halloween, Alaska

Durante años, cuando aún no se habían popularizado los movimientos antisistema, las «badlands» eran el sueño romántico de cualquier persona poco conforme con la realidad que le toca vivir. Páramos solitarios donde solo cabían quienes tenían alguna cuenta pendiente con la sociedad, tipos dudosos vestidos de Woody Guthrie –léase con el mismo retintín que hoy leeríamos Diesel- que no respondían precisamente a la imagen tipo Marlon Brando o James Dean creada por la mitología del celuloide. Un buick destartalado contribuía a la postal.

A mediados de los setenta Bruce Springsteen se agarró al volante de uno de esos trastos que le chiflan y echó a correr: decía que había nacido para eso. Fue un largo viaje, con paradas en oscuros límites de ciudades y en ríos. Subieron nuevos devotos –también se bajó alguno- cuando entró en Nebraska. Muchos de los que compraron este billete en seguida se dieron cuenta que era solo de ida: un viaje tan austero como inquietante. A un lado la ley, al otro la nada; sin opciones a un punto intermedio. La policía estatal en el horizonte y un vehículo en la carretera solitaria cuyo conductor reza para que no le den el alto, porque sabe de lo que es capaz; de hecho, para su maldición eterna, ya lo ha averiguado. O eso intuimos, pues no hay mayor belleza que bucear en lo implícito. “Señor policía, por favor no me haga abrir la caja de los truenos”. Bruce, contemporizador a estas alturas –final de la primera cara de “Nebraska»- tras haber masacrado ya antes, no la abre y deja morir la canción, no sin antes advertir con un par de ladridos y un aullido –estremecedor- que en otro formato debería hacerlo. Halloween, Alaska así lo entendieron y de allí su versión perturbadora de “State Trooper”. El trueno ingrávido de la guitarra al final como una explosión controlada, bella y a la vez iracunda, soberana y vulnerable, martilleando como la voz de Brando en “Apocalypse Now” cuando repite desgarrando entre sus dientes la palabra horror. Aquí el aullido es revestido de lamento y devorado por la masa sónica. Cosas que ocurren en Minneapolis.
Pensaba que estros cinco provincianos humildes surgían del anonimato más profundo, y esto es cierto en el caso de James Diers (voz, guitarra), Ev (teclados, programación) y Matt Friesen (bajo), pero resulta que Jake Hanson (guitarra) es hermano de Jeremy Hanson , el colaborador de los ahora más famosos Tapes `n Tapes, y David King (batería) trabaja a horario partido con The Bad Plus. Su primer álbum “Halloween, Alaska” es la recopilación de grabaciones efectuadas durante dos años. Si a priori pudiese deducirse que es una colección dispersa y ensamblada con calzador, nada más empezar con “You´re It” sabes positivamente que esta gente va en serio y cuidará todos los detalles –sobre todo los atmosféricos- sin dejar cabos sueltos. Es un arranque lento y nocturno, como el siseo del neumático rodando despacio sobre el asfalto mojado de la recta más larga de la ciudad, con los infinitos semáforos todos del mismo color, verde, perdiéndose en la lejanía de una calle cuyo final ni se intuye. Urbanamente angelical.
Tras un segundo corte de talante accesible –con mezcla acerada como bonus al final del disco como contrapunto perfecto al tono confidente de la voz-, se entra en el meollo del álbum con “Des Moines”, puro neón emergiendo de las sombras mientras somos conducidos al ralentí. Un intimismo en el ritmo ambiental solo al alcance de unos The Blue Nile si hubiesen surgido en esta década –los pespuntes electrónicos-, casi tan perfeccionistas en la melodía como Prefab Sprout con su final de estribillo apoteósico y delicioso. Sigue “Call It Clear”, cuyo trote de pronto hace una pausa que deja sin aliento para ser rota al instante con un acorde de guitarra tranquilizante. Y más nocturnidad Blue Nile en “Halloween” y “The Tour Corners”, siguiendo el guión de la banda sonora perfecta. Pocos debuts hechos aparentemente con retales –tal vez Spearmint y The Beta Band- resultan tan brillantes como éste.
Curiosamente su segundo trabajo “Too Tall To Hide” se publica casi al unísono –también en East Side Digital- a finales del 2005. Es un disco mejor trabajado, solo eso. La irrupción de “A New Stain” con pellizcos de drum `n´ bass deja paso a “Drowned”, paradigma de pop para radiofórmulas con clase y, como en el disco anterior, a partir de la tercera canción –“The Light Bulb Does”- se crea la ambientación adecuada: una pereza etérea y dulzona patentada por Prefab Sprout en “From Langley Park To Memphis”. La anécdota salta con la versión letárgica de “I Can´t Live Without My Radio” de LL Cool J, desde donde se avanza a un electro suave –“You And Me Both- que, al entrar “Bad News Sticks”, te lleva a la deducción final: estos tipos pueden parir, con ese piano aterciopelado sobre el pulso sintético, algo tan frágil como cualquier lento de “Behaviour” de Pet Shop Boys, con la misma eficacia transportadora (gran frase viajera inicial: “by the time I get to Arizona”). Ya rematando, en “Recieving Line” volvemos a tener la sensación nocturna líquida formando charcos profundos bajo nuestras zapatillas de deporte mientras nos zambullimos en la oscuridad húmeda de la urbe.
Un día de éstos el mundo se despertará con la edición del tercer álbum de Halloween, Alaska, y quienes lo escuchen pensarán que ya nada volverá a ser igual. Otros pueden avanzarse y disfrutar la misma sensación con su obra ya publicada

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