«s/t» (House Of Wolves)

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No será fácil asimilar el cierre de moonpalace. Por encima de la dedicación de su propietario o de las posibilidades infinitesimales de que David doblegue a Goliat en cualquier estamento del mercado ultraliberal del nuevo milenio -también las oportunidades en Internet se verán engullidas por las grandes franquicias-, por encima -repito- de mantener trece años un operativo discográfico unicelular casi filantrópico, está la música. Porque en el fondo lo que importaba de su catálogo era lo que nos suministran pequeños artesanos buscadores como él.

Que mueran sus proyectos es como el canario que muere en la mina. Si yo fuera promotor de un festival importante, le ficharía como asesor y dedicaría un escenario recogido a sus propuestas, para obtener ese punto extra de distinción -por encima de la fama de los cabezas de cartel, comprensible de cara a la taquilla- solo para paladares exquisitos: los que dan credibilidad artística a un evento. ¿Imaginan una jornada del jueves del auditori en el Primavera Sound conceptual cada año dedicada a artistas de la sensibilidad de los de moonpalace? Es poner la miel en la boca de la prensa, siempre receptiva ante las avalanchas de fragilidad.
La despedida de la discográfica será musicalmente por todo lo alto con Rey Villalobos, uno de sus artistas emblemáticos. El nuevo disco de House Of Wolves (sín título) es tan flagrantemente bueno como los anteriores. Estremece el temblor vocal sixties de “Oh You Little One”; el poso agrio dolido también extensible a la guitarra -como Jason Molina en una supuesta Magnolia Electric Co. con sección de cuerdas- en “I´m Here You´re There” y “Holy Roller Coaster”; el dramatismo de “Darkness”; un “Alabama” casi a la altura de otro clásico del mismo nombre de Neil Young; y un “Time” tan solemne como lo mejor de Low. Todo discretamente producido por John Morgan Askew, responsable de otros trabajos igualmente delicados como “Empire Builder” de Laura Gibson y “Colfax” de The Delines, poniendo las condiciones para que el talento de Villalobos roce lo sublime. Una clausura perfecta -y recemos que temporal- para el sello.

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