Primavera Sound 2017, jueves

ps1

Primera sorpresa agradable tras la desagradable. Asistir nada más entrar a Pinegrove sin tener que esperar su otro set a las cuatro de la madrugada. Y es que el cuerpo ya no aguanta diez horas non stop para atender a King Gizzard (o a Priests y Wand el viernes). Por su parte, los de New Jersey se proyectan más juveniles que en disco, o sea se les ve más pop que americana, aunque las raíces siguen pertrechadas tras el singalong.
El empuje de Soledad Vélez ahora se ampara en un músculo distinto, más electrónico y menos propulsivo que unos Priests o Savages pero bastante alejado de su perfil de cantautora chilena tras la adaptación a Subterfuge. Igualmente variados -a ratos tórridos, a veces torrenciales, o simplemente acelerados- siguen mostrándose Triángulo De Amor Bizarro, portadores de un post punk sintetizado patrio aún en vigor. Tocar en el escenario grande a pleno sol no debe ser fácil, sobre todo cuando el grueso del público es guiri retornando de ver a Kevin Morby. El norteamericano, como siempre singular en un atuendo que pocos -por ejemplo Win Butler– pueden llevar con dignidad -un traje blanco con notas musicales enormes negras en chaqueta por delante y detrás-, estuvo soberbio apostando por un repertorio energético -solo cedió con “Harlem River”, y yo me quedé sin “Singing Saw”– con versión de “Rock & Roll” de Lou Reed. Lo mejor, unos detalles de slide de Meg Duffy -la de Hand Habits, ahora mismo la artista que más me interesa del panorama musical- para quitar el aliento. Poco antes, Cymbals Eat Guitars habían dejado constancia de la solidez de su rock de voz apasionada. Entraron vaporosamente pero, aunque estáticos, consiguieron que la música creciese implacable.
Presencié cachos del sonido de This Heat (o This Is Not This Heat, lema de su retorno) mezclando post punk y art rock con modos ásperos, así como del …¿dream pop con tonalidades inquietantes tipo 4AD?…de Alexandra Savior. Misteriosa -algún timbre asiático en un par de piezas- y con fragilidad visual afrancesada, resultó buen aperitivo para una autora cuyo mensaje me interesa más, Julia Jacklin, pese a presentarse con este dos piezas floreado azul a juego con unos…ejem…calcetines blancos. Se mantuvo firme en un tono lento inusual en la carpa Adidas, acompañada por bajo y guitarra australianos, y percusionista irlandés. Un set atrevido precioso, tanto con la banda como en la canción que defendió sola. Inmediatamente después Glass Animals reventaron la banca con su despliegue de hedonismo. No importa que la voz estuviese baja o que la franja horaria conllevase aún restos de luz diurna -tres horas después hubiesen arrollado- pues a lo tonto su disco entra hasta la cocina con su percusión contundente cobijando estribillos de fácil absorción. ¿Cómo es que no se le había ocurrido antes a nadie?
El alargamiento de Solange -profesionalidad instrumental y visual, el colorido podría venir de la era del Stevie Wonder de la época y Earth Wind & Fire– mantuvo en el otro lado en vilo a los incondicionales de Bon Iver. Lo del de Wisconsin me dejó boquiabierto. Sin entrar a valorar si puede aburrir o no a un público que da de comer al festival pero no se entera de mucho -el del Primavera como evento al que no se puede faltar para ser visto- y haciendo caso omiso a las expresiones faciales de malas pulgas de Vernon al elaborar los falsetes, la dureza de sus ritmos quebradizos esconde una profunda vulnerabilidad melódica emocional. Puede que a través de esta nueva modalidad expresiva esté rompiendo los cánones pero dinamiza -¡¡¡y de qué manera!!!- la proyección de su eficacia, al igual que Radiohead con “Kid A”.
En un momento dado, con el auricular de una oreja colgando, medio imbuido por el momento, le percibí como un mesías que va más allá de su look de predicador barbudo lanzando dardos electrónico desde el púlpito. Este hombre está en posesión de algo preciado -muchos ya alaban lo inspirador de los estudios de Eau Claire– que intenta transmitir. The power of insignificance is our greatest asset. Don´t be affraid. Es tan profunda la belleza intermitente de su música -de los bleeps apenas perceptibles contrapuestos a saturaciones puntuales de bajos, de la emoción escondida entre el hormigón diseñado por sus inseparables escuderos Sean Carey y Matthew McCaughan- que no me importa que la despliegue sin complicidad.
Dos canciones de Slayer trepanando -sirven para comprobar que son más punks que el 90% de los asistentes del Primavera que se autodefinen como tales- me dejaron en la cuneta, entre el jet lag y los pocos alicientes del resto de la jornada para mi paladar.

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