«Nonetheless» (Pet Shop Boys)

Ahora que lo pienso, he vivido más años con la compañía de la música de Pet Shop Boys que sin ella; la conclusión es un golpe bajo en toda regla. El tiempo pasa, y aunque la devoción mengua según los discos, cuando reaparecen con uno bueno todo vuelve a verse de color de rosa (aunque marchita, rosa al fin y al cabo).

Tal vez porque aquí recuperan los valores que les llevaron a la cima, estoy por decir que “Nonetheless” (Parlophone 2024) es su mejor álbum en este milenio. Porque tras cuarenta años aún son capaces de venir con un trabajo tan redondo y tan reivindicativo de su esencia. Primavera nostálgica, otoño lánguido, más los cócteles infalibles de estribillos inmortales (“Loneliness”, “London Boy”) en todo su esplendoroso glamour chabacano habitual (“Why Am I Dancing?”). Cuarenta años suministrando felicidad y ablandando corazones que creían cicatrizadas sus heridas. No falta el trazo singular tipo “West End Girls” (“Dancing Star”) ni el pulso seco (“Bullet For Narcissus”) ni el melodrama (“A New Bohemia”) ni la reflexión final (“Love Is The Law”). Tan marujos y certeros como cuando reinaban en este segmento del pop (aún hoy sin sucesores de su nivel).

Sobra decir que me han alegrado el año. ¿Y aún se preguntan por qué estoy bailando? Porque a los Boys se les baila hasta desfallecer. Hasta el último aliento. Hasta morir.

Angus & Julia Stone

Pese a ser conocidos básicamente en Australia, los hermanos Angus y Julia Stone también tienen su modesta parroquia en España, donde ya han actuado más de una vez. En este nuevo álbum “Cape Forestier” (PIAS 2024), rinden homenaje íntimo al barco del mismo nombre –un cabo de Tasmania- que ensalza la navegación como el amor por el viaje en libertad que les inculcaron sus abuelos.

Como un retorno a la fórmula de country y folk buenista adobado con talante asilvestrado y hogareño, proponen doce piezas placenteras donde la única rugosidad se escucha en una “Down To The Sea» con su punto de resonancia Khruangbin. El resto es un remanso: vals de mecedora (“Country Sign”), country folk de belleza severa (“The Wedding Song”) o de introspección bonita tipo The Innocence Mission (“City Of Lights”) y ecos dylanianos (propulsados por banjo en “My Little Anchor”, o directamente versioneando “I Want You”). Seguramente, como otros muchos grupos australianos, serán más recordados por entrañables que por musicalmente intrépidos pero, qué quieren que les diga, tienen ganada mi simpatía aunque solo sea porque, cuando vienen a la península, se cascan sin rubor una versión de “Ni Tú Ni Nadie” de Alaska.

Alice Russell

Con una prometedora trayectoria entre 2003 y 2013, la británica Alice Russell aparcó su gran voz de soul durante una década por cosas de la vida –salvo alguna aportación a discos de amigos- que superó hasta reengancharse hace unos meses. “I Am” (Tru Thoughts 2024) es la prueba de su resurrección.

El álbum rezuma el poder de una conocedora del paño –sobre todo británico- que remueve en el baúl del trip hop con espíritu tan clásico como elegante. Ese minimalismo de Portishead se huele en “Agreement” pero despojado de la sordidez sonora de Gibbons, Barrow y Utley. Y tras una “Gravity” muy bien ambientada, a la altura de “Square” y “I Am” parece que busque profundizar con los arreglos en la herencia de la Shara Nelson de “Unfinished Sympathy” y de su percusión ratonil.

A partir de allí Alice abre el abanico –siempre dentro del marco soul británico- inoculando algo de synth, embelleciendo “Rain” y dando aire de grandiosidad a “Things”. Con el falsete de gospel sobre beat slo mo moderno de “Sinner” obtiene uno de los muchos momentos brillantes de un álbum humilde. No será un gran hit porque ahora no eres nadie si no tiras de tecnología sideral.

«Loss Of Life» (MGMT)

En mi subconsciente MGMT nunca han podido escaparse de la casilla patentada por David Fridmann, aunque reconozco que la canción “Me And Michael” en 2018 me alegró el año de un modo distinto. Seis años después, esperaba con cierta curiosidad la publicación de “Loss Of Life” (Mom + Pop 2024), seguramente porque el aperitivo el otoño pasado del single “Mother Nature” auguraba momentos interesantes. Como por ejemplo la aparición de nombres en la parte técnica –más allá de Fridmann- como BJ Burton o Miles Benjamin Anthony Robinson, a quien había perdido la pista. Y, sí, picaba del mismo cuenco beatle que Oasis.

Los singles se fueron sucediendo y el álbum tomando cuerpo. La lisergia de “Bubblegum Dog” y la estructura de folk psicodélico de la excelente “Nothing To Declare” desembocaron en un cuarto opulento (“Dancing In Babylon”) junto a Christine And The Queens. Con casi medio disco ya desvelado, destaca la mayoría de baladas entre el resto, con prioridad por la melodía, sin por supuesto la majestuosidad espectacular de los iconos clásicos de Fridmann como Flaming Lips. Ahí queda el final de la-la-las tipo Destroyer de “Nothing Changes”, la grandeza de “I Wish I Was Joking”, el incremento de teclados y electrónica en “Phradie´s Song” –con su reverb abrazador en modo canción de cuna- y “Loss Of Life” gracias a la contribución de Daniel Lopatin. Un álbum de retorno esperanzador.

«Loophole» (Michael Head & The Red Elastic Band)

Tras su enésima rehabilitación y ahora con su hija de manager, Michael Head recupera tiempo perdido publicando “Loophole” (Modern Sky UK 2024) tras volver con “Dear Scott” (2022). No se trata de una colección de restos, sino fruto de un súbito interés nostálgico de Head, afectado tras la muerte del percusionista Iain Templeton –ya anteriormente perdió a su hermano John Head-, en repasar los avatares de una vida sumida entre las adicciones y la precariedad de bandas modestas en los 80/90 como Pale Fountains o Shack. Además del álbum, ha escrito también el libro “Ciao Ciao Bambino: A Magical Memoir” con edición prevista para este mismo verano.

“Loophole” –producido de nuevo por Buill Ryder-Jones- se zambulle en este repaso autobiográfico al pasado con las mejores armas de Head. En “Shirl´s Ghost” su clásica humedad evocadora Mersey, así como en “Ciao Ciao Bambino”. No falta el precioso vals orquestado (“Tout Suite!”) ni la acidez dulce tipo Love (“A Ricochet Moment”), o la guitarra sobre un groove adictivo en “The Human Race”. Y en la tropical/bossa “You Smiled At Me” aporta un acorde que a Roddy Frame costó enseñarle. Otros momentos emocionantes se encuentran en el fingepicking maestro de “Connemara” y en la languidez expansiva cerrando con “Coda”.

Más de 25 años han transcurrido desde que, prendado por la luminosidad dopada de “Waterpistol” de Shack, publiqué un artículo sobre él en Factory (nº 20). Aún me siento un privilegiado por haberlo hecho.