«Only God Was Above Us» (Vampire Weekend)

El quinto álbum de Vampire Weekend podría haberse configurado hace tiempo, pero algo emana de él que subraya sin apostillar los tiempos inquietantes que padecemos, sobre todo teniendo en cuenta las raíces variopintas típicas de Nueva York de sus miembros, pero más aún las judías del autor principal Ezra Koenig. Y las del productor Ariel Rechtshaid. Seis de las diez canciones contienen el sustantivo `war´, todas bajo un título tan explícito como subjetivo: “Only God Was Above Us” (Columbia 2024).

El disco desprende una nostalgia neoyorkina genuina. La adolescencia multicultural que permite socializar a un iraní, un rumano y un irlandés, dinamitada por el 11S; lo caleidoscópico de la Gran Manzana reflejado en “Pravda” con esa guitarra Paul Simon/Soweto prendiendo; o la maestría en la gestión de “Mary Boone” –sample de Soul II Soul- entre lo angelical y el jolgorio, como si Koenig terminase un bocata de pastrami en el Katz y cogiese el metro para llegar a la 125 en busca de sonidos cálidos festivos. Todo ventilado con la frescura habitual de la banda, con algún destello más abigarrado como en “Gen-X Cops” (ingeniero Dave Fridmann), sazonado por aromas caribeños (“Prep-School Gangsters”) o arreglos brillantes (la cabalgata orquestal del último tramo de “Ice Cream Piano”, el piano casi de juguete de “Capricorn” y sobre todo el de “Hope” creando la épica adecuada durante ocho minutos), para recordarnos su sonido racializado y el trasfondo pacifista, desbordado por el rumbo que está tomando el nuevo milenio con el colapso de los valores clásicos.

…You don´t want to win this war `cause you don´t want the peace… (“Ice Cream Piano”).

…In times of war, the educated knew what to do…untrue, unkind and unnatural, how the cruel, with time, becomes classical… (“Classical”).

…The world looked different when God was on our side. Who builds the future, do they care why?…Good days are coming, not just to die… (“Capricorn”).

…Forever cursed to live insecure…each generation makes its own apology…always looking for obscenity and hatred… (“Gen-X Cops”).

…The meaning died in metaphor…the prophet said we´d disappear, the prophet´s gone but we´re still here… (“Hope”).

Me sigo preguntando si este disco se hubiese publicado así sin el 7-O. Un diez no. Lo siguiente.

Mannequin Pussy

Aunque el nombre de la banda de Filadelfia me siga pareciendo antipático, este “I Got Heaven” (Epitaph 2024) de Mannequin Pussy supone el as en la manga que rompe la partida y la baraja: la partida sería la dinamización de su carrera tras un silencio de cinco años, y la baraja el ejemplo definitivo que nos demuestra que que ningún cruce de estilos es imposible. Ni siquiera el dreampop y el hardcore punk, como en este caso.

Gran parte del éxito de la fórmula hay que achacárselo a la voz de Marisa Dabice, capaz de aullar, gemir, desgañitarse y al instante siguiente susurrar cándidamente al micro. Durante la primera mitad se explaya versátil. En “I Got Heaven”, por entre la fiereza, de pronto asoma un tramo de vulnerabilidad compasiva hiriente, así como en “Softly”. Marisa apacigua en “Loud Bark” aunque incendia en la recta final. “Nothing Like” tiene briznas similares a las de los últimos Blonde Redhead –al igual que éstos, dentro por supuesto de otra franja, les pilla en un momento de sus vidas idóneo para la resurrección- con estribillo lozano. Y también concluyente se proyecta “I Don´t Know You” gracias en parte al buen trabajo productor de John Congleton.

A partir de allí se incrementa la velocidad con “Sometimes”, soltando casi seguidas tres pedradas hardcore cortas pero asesinas –“Ok? Ok! Ok? Ok!”, Of Her” y “Aching”- antes de concluir con la sedada “Split Me Open”. Podrían parecer dos mitades opuestas que no encajan, y sin embargo uno sale convencido gracias, como en el caso de ambivalencias ruido/melodía tipo Pixies, a un entusiasmo único.

Shaina Hayes

De procedencia canadiense -Shigawake, Quebec, pero afincada en Montreal-, Shaina Hayes maneja sus canciones con la naturalidad de sus raíces rurales en este segundo disco “Kindergarten Heart” (Bonsound 2024).

Como bastantes cantautoras actuales, despega de estructuras folk diáfanas (los arpegios campestres frondosos de “Kindergarten Heart” a lo First Aid Kit), sin sonar cargante ni espartana sino de frescura cercana (“Early Riser”). Incluso cuando recurre a alguna urgencia rítmica saltarina como “Fun”, emana una luminosidad vocal que bebe de clásicas canadienses como The McGarrigle Sisters o de vecinas estadounidenses (The Roches); en otras, busca esa sensación profunda de vacío entre acorde y acorde tan característica de Feist (preciosa y reconfortante la lenta “Fool Forlorn”). Es esa sutileza la que le permite manejar cualquier circunstancia con buen gusto, sea un cliché (“Sidewalk”) o ritmos de percusión más abruptos (nivel Tom Waits comedido en “New Favorite”).

Y no puede faltar el cierre acertado para certificar la amplitud del perímetro de un sonido que no huye del indie, pero que se identifica con el folk, como se desprende en la comunión entre vida y naturaleza de “Mastery”.

«Blu Wav» (Grandaddy)

Jason Lytle ha ido asomando la nariz de cuando en cuando, sea en solitario -hace quince años- o bajo el perfil nominal de Grandaddy –hace siete- para recordarnos la grandeza de éstos, legendaria a la altura de “The Sphtware Slump” (2000). En la cuneta apenas ha dejado esquirlas de sus virtudes, manteniéndose casi intactas tanto en melodías como en mensaje. La relación entre hombre y máquina perecedera que envejece, casi humana, abre un hueco en su música terriblemente compasiva. Como si se sintiese feliz embutido en su dulce tristeza.

Este estado de ánimo necesitaba recuperar el enlace en “Blu Wav” (Dangerbird 2024), y le bastan apenas unos segundos para conseguirlo con la intro de “Blu Wav”, poniendo la moqueta para que “Cabin In My Mind” lo muestre en plena forma. Melodías de otro mundo, como “Watercooler” –que siempre me han parecido inspiradas en lentas de “Dark Side Of The Moon”-, de languidez terminal avistadas desde la distancia –“Nothin´ To Lose”- con mayor presencia de slides –“Long As I´m Not The One”- subrayando el tono country.

Y tiene algo que me evoca a Kurt Wagner. La manera de vestir, la gorra, o tal vez la ironía cálida aflorando por entre clips vetustos. Sin la dimensión poética observadora de Kurt en los textos, pero con una inquietud –trasladada en lo musical- por denunciar su frustración por no encontrar un lugar perfecto en este mundo donde refugiarse de las sensaciones hostiles.

Daudi Matsiko

Algún que otro pilar del rock se sustenta gracias a la depresión de los artistas. No sabría por dónde empezar en mi escala de favoritos, ni cuándo se inició la saga. ¿En “Berlin” de Lou Reed? Desde entonces han florecido obras que han lidiado con el tema, a veces debido a un estado de ánimo continuado y otras debido a un suceso que sacudió sus vidas: Mark Eitzel, Mark Linkous, Phil Elverum, Nick Cave, etc.
La sintomatología de Daudi Matsiko no es de ayer. Ya su primer álbum se tituló “An Introduction To Failure” (2017), y este “The King Of Misery” (2024) intenta certificar la naturaleza del compositor, tal vez acentuada con otros problemas colaterales como el hecho de ser ugandés en Gran Bretaña.
Estamos ante un trabajo de instrumentación precaria, con Daudi vocalizando a menudo con la voz doblada como Sufjan Stevens, acompañado tan solo por una guitarra acústica con fingerpick acuático. Va del minimalismo terminal del arranque de “I Need You To Stop Calling My Phone” –después, al cabo de minuto y medio, otros instrumentos muestran tímidamente señales de vida- al dramatismo quedo de una “King Of Misery” donde cada nota de piano presagia el colapso, o a su voz sepultada ante el hilo de teclado de “Hymn”. Y en “Annihilation” utiliza la misma técnica de filtración vocal que Sparklehorse, también con el armonio empastando la precariedad.
Menos mal que me ha pillado en un día optimista.