
A veces me pregunto qué importancia debe de tener el “yo” del artista en el proceso creativo; qué intrincados mecanismos mentales le llevan a mostrar su “yo” interior ante el oyente sin ningún tipo de rubor. ¿Exhibicionismo esteta, o impostado? Estoy seguro que la relación entre creador y consumidor es campo abonado a enconados conflictos morales, y más si cabe desde el momento en el que no interviene la industria.
Pues bien, dejando a un lado estas teorías, y en tiempos de bajeza moral en los que cada vez está más difusa la frontera que separa el bien y el mal, uno se siente a salvo con discos como “Cabello De Ángel, Tocino De Cielo” (Relámpago, 2016). Este es un álbum en el que el adjetivo -tan temible a veces- de “auténtico” cobra un inesperado significado. Aquí la autenticidad recorre transversalmente un cuaderno de notas terriblemente humano; una senda escarpada por la que el ciudadano Fernando Martínez nos invita a adentrarnos sin miedo a los escollos del camino.
Dice Remate que con esta obra ha intentado despojarse de fantasmas y ataduras familiares, sociales y sentimentales; quizás el mejor triunfo que logre tras este titánico esfuerzo es que los demás lo hagamos con él. Abre este vodevil repitiendo en sus versos que “A veces me gustaría ser yo…”; una reiteración tímida que anuncia a ritmo de ukelele y piano en “El Urugallo” -tonada cuyo fraseo en la voz, y ese aire como en duermevela melancólica me recuerda a Antonio Galvañ– que la función está a punto de empezar. Murmullo entre el auditorio. Se abre el telón.
Vemos a un hombre barbudo y con gafas que me explica escenas costumbristas de un pasado no muy remoto -“Coreografía”– acolchadas por una mullida base electrónica, y me identifico en cada palabra -o casi mejor, fotogramas- de “En primavera, la familia, se reúne en torno al televisor, bailan la coreografía de una canción”. La cámara sigue a los personajes, primeros planos de sus rostros como en un musical de Jacques Demy, y avanza en travelling nervioso en su búsqueda siempre atenta a los objetos que se encuentra a su paso: un busto de un dictador, una fotografía de Leni Riefenstahl, los restos de ginebra de la noche anterior, y así hasta inventariar todos y cada uno de nuestros recuerdos al son de versos perezosos -espléndida “Marica Y Drogadicto”– que pronuncian palabras que aún duelen. La exuberancia expresionista de estas partituras turba el ánimo, y cada nimio detalle en “Marca De Nacimiento” me descoloca tanto como las canciones de East River Pipe, mientras que en “Palacio De Verano” y “Reparto” asoman los The Magnetic Fields.
Ovación final.